jueves 28.05.2020
Opinión
Guillermo López Lluch
11:05
12/03/20

Es el momento de la ciencia

Es el momento de la ciencia

La recién declarada pandemia de la neumonía conocida como COVID-19 causada por el SARS-CoV-2 ya no nos puede tomar por sorpresa ya que nos ha alcanzado de lleno y su progresión es exponencial fuera de China, su lugar de origen tal y como pueden seguir en esta dirección. Como ejemplo de expansión de una enfermedad contagiosa, la experiencia que estamos viviendo con la neumonía COVID-19 es la demostración de cómo actúa un agente infeccioso en un mundo globalizado; su expansión es prácticamente imposible de parar a no ser que se tomen medidas de restricción de movimientos, pero la pregunta es cuándo hay que tomarlas y hasta cuándo hay que mantenerlas.

En la anterior columna criticaba a los comentaristas que trataban la suspensión del Mobile World Congress como exagerada. En ese momento muchos pasaban por alto que vivimos en un mundo en el que la facilidad de movimientos entre países hace que los agentes contagiosos se muevan por auténticas autopistas. Comenzaba esta serie de columnas haciendo referencia a las películas 'Doce Monos' y 'Contagio' y, la verdad, no me he quedado nada corto. Ahora, en China, que parecía tan lejana, la diseminación está controlada, aunque comienzan a importar casos de otros lugares, y el problema se encuentra en el resto del mundo, especialmente en Oriente Medio, Europa y Estados Unidos. Que, por otro lado tiene problemas de detección debido a su sistema de salud y al coste de los análisis. De hecho, Donald Trump acaba de anunciar el bloqueo de vuelos desde Europa, excepto de Reino Unido. Eso sí, ha aprovechado para echarle la culpa a los Europeos cuando ya tiene 1300 casos en su país y sin tener en cuenta que un 20% de la población no tiene seguro médico. O que actores como Tom Hanks, ha llevado su infección a Australia. Ya saben, aquello de la viga y la paja en el ojo.

A pesar de las evidencias, muchos siguen afirmando que este virus no es más que una mala gripe y que la gripe causa más fallecimientos que la COVID-19. Total, ponerse delante de una cámara de móvil en una página de cualquier red social o delante de cualquier micrófono y afirmar sin evidencia alguna es muy fácil pero también muy peligroso. Pero lo más peligroso es cuando lo hacen los medios de comunicación ansiosos de un artículo con impacto. Si tomamos los valores que se esgrimen sobre los casos de gripe, unos 525.300 casos la temporada de gripe pasada en España y 6.300 fallecimientos en total, tenemos, a fecha final, un 1,2% de letalidad total. Si ahora extrapolamos a lo que conocemos de este virus a fecha actual, es decir, 126.258 casos confirmados y 4.638 defunciones, tenemos un 3,7% de letalidad. Y en España tenemos 2.277 casos confirmados y 55 defunciones (un 2,4% de mortandad por ahora) mientras que en Italia tenemos 12.462 casos y 827 defunciones (un 6,6% de mortandad por ahora). Pero insisto, eso es a fecha de hoy y con los datos provisionales. La letalidad de la COVID-19 podría aumentar o disminuir, pero lo que sabemos con los datos actuales es que su letalidad es sensiblemente superior a la de la gripe y depende de los países. No, no es una gripe, así que no insistan en ello. 

No podemos tampoco obviar otra de las características diferenciales del SARS-CoV-2 respecto al virus de la gripe, que es su mayor capacidad infecciosa y su mayor tiempo de incubación. Los científicos ya han calculado que mientras la gripe se expande en un factor de 1,3, es decir, que una persona infectada causa 1,3 infecciones más, el virus del COVID-19 se expande con un factor entre 2 y 3 veces mayor. Su alta capacidad infecciosa es uno de sus atributos más peligrosos. Posiblemente se deba a que este virus utiliza un mecanismo de infección altamente eficaz ya que se ha descubierto recientemente que la proteína que utiliza el virus como puerta de entrada a las células está altamente expresada en órganos como el pulmón, el tracto respiratorio y el intestino. 

A todo esto hay que sumar que carece básicamente de mecanismos propios sobre los que se pueda actuar farmacológicamente. El SARS-CoV-2 es un virus de cadena simple de ARN positiva. Eso quiere decir que le basta con insertar su genoma, el ARN, en la célula para comenzar a producir proteínas víricas de inmediato. No necesita nada más para eso aunque sí necesitará una proteína específica vírica para regenerar su genoma para meterlo en la descendencia. Aún así, cuando algún fármaco llegase a la célula a bloquear algún proceso, ya es tarde porque se habrá generado gran cantidad de proteína vírica. Por eso es tan complicado encontrar fármacos para este y para otros muchos virus.

Los datos bioquímicos y epidemiológicos nos permiten ir diseñando estrategias y procedimientos. Ya hay proyectos en marcha para generar vacunas contra el virus. Sin embargo, el procedimiento es lento y es así simplemente porque diseñar una vacuna no es nada simple. Primero, se debe estudiar qué estructura visible del virus podrá ser detectada por las células del sistema inmunológico y podrá ser utilizada para activarlo. Es decir, la estructura tiene que ser antigénica (detectada) e inmunogénica (generar activación del sistema inmunológico). Un día les explicaré porqué es tan complicado todo este sistema y porqué las vacunas llevan más cosas que el antígeno. Además, hay que sumar que necesitamos vacunas que activen la producción de anticuerpos, por lo que necesitaremos que activen los linfocitos B, pero también generen linfocitos T citotóxicos que ataquen a las células infectadas. Por eso una vacuna efectiva necesitará de diferentes estrategias dirigidas a cada una de las células que queremos activar. 

La vacuna tardará entre un año y algo más en llegar y esperemos que sea efectiva. Así que no se crean aquellos que dicen tenerla ya casi hecha o aquellos que han entrado en una especie de guerra comercial a ver quien la tiene antes. En esta batalla, hasta la revista Science ha tenido que salir a la palestra a través de un duro editorial de su Editor en Jefe, H. Holden Thorp, para hacer un alegato contra quienes, desde los puestos de mando políticos, arremeten contra la ciencia exigiendo rapidez y premura, como el Presidente Donald Trump que no parece entender nada de ciencia. Parece que algunos altos cargos políticos no entienden ni con qué se la están jugando ni cómo se debe actuar contra ello. 

Pese a todos, parece que la ciencia se ha abierto paso en este tema y bastantes decisiones se están tomando de acuerdo con los datos científicos. Los científicos proponen y los gobernantes toman las decisiones pertinentes. Es evidente que no podemos poner puertas al campo ya que el virus no sabe ni de eventos, ni de calendario, ni de razas, ni de fronteras. Así que lo que hay que hacer es tomar medidas para controlar, más que evitar, su expansión y permitir que la crisis sea más crónica y menos aguda. Es decir, que los casos vayan produciéndose lentamente y el sistema sanitario pueda tratarlos adecuadamente en lugar de tener una crisis aguda de casos con un sistema sanitario colapsado y sin capacidad de atención. Esto es ya una pandemia, pues hagamos lo posible para controlar la pandemia y que no se nos escape de las manos. 

Sabemos que en la mayoría de los casos, la infección será poco grave, y que el grupo de edad más afectado es el de personas mayores de 80 años y con patologías previas en los que la mortandad se dispara a un 15% aproximadamente. Por tanto, sabemos que habrá personas que puedan ser controladas en su casa y otras que necesitarán ingreso hospitalario. Sabemos que es el contacto entre personas lo que disemina más el virus. Sabemos que evitar aglomeraciones y protegerse en vehículos de transporte público puede ayudar. 

Con todo ello las medidas son básicamente sencillas y requieren de actuaciones individuales igualmente responsables: evitar aglomeraciones, protegerse si viaja en medios públicos, mantener una higiene de manos más frecuente y en lo necesario, si visita o tiene a cargo a personas mayores, evitar el contacto lo más posible con ellas y no ponerse en riesgo. Y no hay mucho más que hacer. El virus puede pasar de una persona a otra a través de nanopartículas procedentes de la tos y el estornudo pero no vuela lejos por lo que evitar aglomeraciones es básico. Cuando se viaja, lo mismo una mascarilla podría ayudar, ya que no puede evitar que una persona se siente a su lado, pero no hace falta la mascarilla en la calle (a no ser que sea alérgico, como este que les escribe). Lo más efectivo parece ser la higiene de manos ya que solemos tocar pomos, barandillas, puertas, ventanas, etc.., que podrían estar infectadas. No hace falta tanto gel con alcohol, la tradicional agua y jabón también vale, ya que el virus tiene una cubierta de grasa que se disuelve con el jabón. No saludar dando la mano es un buen método para evitar el contagio. No hace falta darse pataditas o el codo, basta con el educado, "Hola, buenos días" para saludar y darse por saludado de una manera muy saludable. 

Tal vez lo más peligroso de la COVID-19 sea la infección económica. El dinero está huyendo del gran casino que son las bolsas, pero tampoco hay que preocuparse mucho, ya volverá. El dinero siempre vuelve cuando ve una posibilidad. Por lo demás, hablar menos, especialmente cuando no se sabe de lo que se habla; proponer menos, especialmente cuando no se tiene capacidad de gestión; y escuchar más, especialmente cuando los que hablan son los científicos, es el mejor remedio para todo este problema que pasará y que, tal vez, nos enseñe algo más de qué hacer para vivir mejor todos.

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