En la calle Tafures de la capital cordobesa, en el número 2, vive Francisca Serrano. con su familia, prácticamente a la sombra de Santa Marina. Una preciosa buganvilla colorada desborda el mundo de su Patio y se asoma sin vergüenza ni disimulo a la calle, como gritando al que pasa que allí hay un coqueto recinto visitable, que ha llegado a obtener primeros premios en el Concurso de Los Patios de Córdoba.
Antes de las 11.00 horas ya se forma una cola para entrar y verlo. Deberán pasar de nueve en nueve como máximo para poder verlo a gusto. Hay norteamericanos, argentinos, madrileños... Un poco de todo. Los hay que vienen sabiendo, otros no tienen ni idea de lo que se van a encontrar, pero Francisca Serrano acoge a todo el mundo por igual en su casa -que no deja de ser su residencia habitual- dispuesta a despejar dudas y a recibir con humildad los halagos y alabanzas de los visitantes.
En su opinión, el Concurso se esta desarrollando "como siempre: Perfectamente" y la inmensa mayoría de visitantes, "salvo una excepción en miles y miles" es respetuosa y se comporta con normalidad. Porque Tafures, 2 recibe una media de un millar de visitas diarias (hasta ayer, y desde el pasado día 5, llevaba acumulados 4.956 visitas). Lo habitual también en años anteriores, pero este 2025 hay algo diferente: "Está todo como más relajado, porque siendo las mismas de siempre, no se amontonan y llegan de forma constante pero no masiva", señala la propietaria.
Visitas por goteo
La propietaria asegura que le gusta mucho más este ambiente de goteo constante de gente, pero sin agobios. "Es muchísimo más bonito, más agradable y más auténtico, porque, en realidad, Los Patios se han visitado por los vecinos, por alguna familia amiga de un vecino, más que por algo masificado".
Quizá sea labor de los y las (en su caso) controladores, que han sido "fundamentales" para la Fiesta de Los Patios. "Yo antes me tenía que poner en la puerta y controlar la entrada y las colas, para que no taponaran la calles, porque ahí hay entrada y salida de coches", y ahora se queda dentro del Patio atendiendo a quien quiera preguntar y escucharla.
Porque ésa es la esencia de Los Patios de Córdoba como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. No lo físico, sino lo que representan como una forma de existencia propia del Sur; un espacio donde socializar, relacionarse con la vecindad, hacerse partícipe de la vida de cada uno de forma mutua. Algo que, quizá, se entienda mejor en invierno, con Los Patios en Navidad, compartiendo la fiesta con unos dulces, música y algo de beber que caliente por dentro, tanto el estómago como el alma.
"Hay muchas personas que nos preguntan, muchas". Y preguntan de todo: Si las naranjas son dulces o agrias, cómo se llama una planta determinada, qué es lo que huele tan bien al entrar en este Patio, si es costoso regar -tanto de esfuerzo físico como económico-, cuánto tiempo hay que dedicarle al Patio... La respuesta a la última pregunta es fácil: Toda la vida, porque no es algo que sirva para mostrar un par de semanas en primavera, que es cuando hay un auténtico estallido de colores y aromas, sino que el Patio es para todas las estaciones, aunque no siempre estén abiertos al público.
Sanatorio contra el estrés
Otra pregunta muy común es si Francisca tiene todas las plantas de su propiedad expuestas, y la respuesta es no. La mayoría están allí, pero las gitanillas necesitan de mucho sol y por eso las trasladan de cuando en cuando al patio interior de la casa, que es mucho más grande que el que se expone y para llegar hasta él hay que entrar en la casa propiamente dicha. Ese patio interior es lo que muchos cuidadores consideran el sanatorio de las plantas, a donde hay que trasladarlas cuando se estresan y pierden su lozanía. Un poco de reposo y tranquilidad y los resultados son increíbles. Porque sí, las plantas se estresan y tantas visitas, roces, toqueteos, fotos, chácharas, risas y exclamaciones acaban agotándolas y lo expresan quedándose mustia. Cuando esto ocurre, al hospital una temporada. Es lo mejor.
La casa tiene unos 40 años y se ha presentado a Concurso en torno a 35 de ellos. "Algunos años hemos parado, dos o tres, pero por lo demás, desde que casi empezamos a vivir aquí", señala Francisca Serrano. Se le acerca una chiquilla y se queda junto a ella. Es su nieta, Ana, y parece que está interesada. "¿Que si tengo relevo? Esta chica -responde señalándola-; ésta es la que me ha pintado alguna de las macetas". Vive en Lucena, pero su padre la trae a la capital expresamente a estar cohibí su abuela durante la fecha del Concurso. "También le doy plantitas para que ella las plante; me gusta educarla en el cuidado de Los Patios", señala con orgullo y a Ana parece gustarle. Eso también forma parte de la esencia de Los Patios: hace familia en su entorno y gracias a eso, son algo vivo y no se les deja morir.
Es más, Ana se sienta con la gente y cuando puede saca un muñeco que parece un bebé de verdad. Le encanta compartir con los visitantes la historia y el nombre de su juguete. Le permite integrarse en la experiencia de Los Patios.
Francisca es de Marruecos, aunque sus orígenes familiares están en Carcabuey (Subbética Cordobesa). Lleva en la provincia desde los 17 años y ya tiene 75, por lo que es más cordobesa que los propios Patios. Su marido es cordobés también y ambos están encantados con mostrar el Patio.
La joya de la corona
En medio del recinto hay un naranjo ya muy alto que cubre en parte la visión de la buganvilla roja. Ha crecido mucho en los últimos años y está cargado de fruto. Le ocurre lo mismo al resto de plantas que buscan la luz en lo alto porque el patio es un tanto umbrío. "¿Has visto la buganvilla blanca?", pregunta de sopetón. ¿Una buganvilla blanca? ¿Dónde? A primera vista no se ve, ni cuando te metes profundamente en el Patio.
Y es que hay que mirar hacia arriba, a la derecha de la entrada. Allí está, preciosa, derramando generosa su follaje flotando sobre el Patio. El mejor sitio es ponerse bajo el naranjo y buscarla, pero también se puede contemplar desde la calle, a través de la ventana enrejada. Es una planta muy joven, de cuatro años, digan de premio. El año pasado comenzaron a salirle las flores y este año está esplendorosa, como si fuera consciente del papel que tiene.
Por lo demás, tiene gitanillas típicas de Córdoba, pero muchas son más bien plantas de sombra, como galateas, anturios y espatifilos, cintas, calas, azaleas o jazmines. Pero su buganvilla blanca es lo que más le llena de orgullo y tiene muchas esperanzas puestas en ella.
Aparte del mundo vegetal, la casa y el Patio guarda otros tesoros históricos y sociales muy interesantes. Esos elementos ornamentales tienen dos orígenes. El primero de ellos es un palacete que existía en Las Andas, en la Sierra de Córdoba en dirección al Hospital de Los Morales. "Mis suegros compraron un palacete a la familia de Antonio Barroso y Castillo, que fue ministro y además padrino de Mateo Inurria", explica Francisca. Esa casa ya no existe, pero algunos de sus elementos se recuperaron y están en el Patio. Así, hay columnas, una campana de 1880, una obra de Mateo Inurria que por detrás pone "A mi querido padrino, Antonio Barroso".
La segunda fuente de 'tesoros' procede de los abuelos de Francisca, de unas casas rurales de Carcabuey. De ahí proceden las mesas de matanzas, aparejos de labranza, los lebrillos para esas matanzas, cántaros, lámparas de aceite, almireces de tamaño considerable para hacer salmorejo y hasta una besuguero (para hacer besugo al horno), que ahora la tiene llena de vasitos para dar un chupito de anís a los visitantes en invierno.
Parte de ese botín se encuentra en el interior de una habitación que da directamente al Patio, cuyas ventanas mantiene abiertas y las persianas de esparto subidas para que los visitantes puedan asomarse y contemplar ese salón, al que se ha querido dar un sabor rústico, como era la casa en un inicio.
Y es que Tafures, 2 es fiel reflejo del espíritu de Los Patios que dio lugar a la calificación por la Unesco de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Por cierto, no pierdan la oportunidad de hablar con la dueña. Es un encanto.