Los aficionados al deporte que vivimos los primeros años de la década de los 90 del siglo pasado recordamos las grandes hazañas del que hoy sería el mejor deportista español de todos los tiempos si no hubieran emergido figuras de la talla de Rafael Nadal o Pau Gasol, por citar algunos ejemplos. Durante algo más de un lustro nos mantuvo pegados al televisor en cada prueba nacional o internacional en la que participaba para ser testigos de sus heroicas gestas. Era Miguel Induráin.

Quizá no tantos recuerden que su carrera profesional coincidió con la de su hermano, que también formaba parte del mismo equipo. Además de la consanguinidad, les unía un gran parecido físico, pero sólo físico, pues en lo deportivo siempre estuvo a la sombra. No alcanzó ningún éxito comparable a Miguel, tampoco aglomeraba periodistas a su alrededor ni daba ruedas de prensa multitudinarias, no lo esperaban en lo alto del podio en ninguna competición ni saboreó las mieles del éxito personal en la misma dimensión que su hermano. Siempre en un segundo o tercer plano, con la inteligencia de saber cuál era su sitio, sin polémicas ni aspavientos, sin malas formas ni sobresaltos, siendo plenamente conocedor de cuáles eran su lugar y  su momento. Se llamaba Prudencio.

Si buscamos en el diccionario el significado de la palabra PRUDENCIA encontramos: "Moderación, cautela en la manera de ser o de actuar. Sensatez, buen juicio".

Las personas que tenemos la oportunidad de escribir u opinar en algún medio sabemos que lo que comuniquemos va a ser leído, en mayor o menor medida, por ciudadanos que quieren saber, conocer, informarse, entretenerse y que, en ocasiones, esa opinión puede generar un criterio en alguno de ellos.

Detrás de un artículo debe de existir una experiencia personal, no contada ni escuchada o referida, sobre lo que se va a escribir. Tendría que haber un conocimiento con un mínimo de rigor, una investigación con muestras representativas, bases de datos fiables y válidas, tener una responsabilidad sobre lo que se expone y en mi modesta opinión: prudencia (leer definición).

Hace unos meses, en un programa de televisión entrevistaron a un profesional de reconocido prestigio internacional, pionero y gran innovador en su área, y al preguntarle el por qué en la mayoría de las ocasiones conseguía alcanzar los resultados y en una minoría no, respondió: "no lo sé". Esa actitud es una clara imagen de la prudencia. Ni alardeaba ni presumía, sólo informaba, sin tratar de convencer a nadie.

Hoy nos encontramos a través de los medios con exceso de información que, a veces, desafortunadamente, viene acompañado con defecto de formación.

Los que hemos dedicado una parte importante de nuestras vidas a la búsqueda del conocimiento y en ocasiones lo hemos encontrado, comprendemos aquella célebre frase de Sócrates "Yo sólo sé que no sé nada". En ella se concluye que para poder ser conocedor de algo muy pequeño se necesitará mucho tiempo y esfuerzo que no te garantizará aproximarte a él y, a la vez, se lo estarás quitando a todo el resto, del que serás un ignorante. Es el istmo donde conocimiento e ignorancia se dan la mano sin que sea conveniente que ninguno desplace al otro.

Probablemente a pocas personas se les ocurriría tramitar su despido laboral a través de un abogado matrimonialista, igual que tampoco pondría la salud de su corazón en manos de un traumatólogo. El traumatólogo será un gran conocedor de su materia, pero cuánto más se especialice en un área determinada, más desconocedor será de otras, pero ése será el camino más directo que le llevará al conocimiento. El mismo motivo por el que usted no dejaría que el mejor traumatólogo de rodilla le operara de la espalda.

Hoy nos encontramos en cualquier medio divulgativo a biólogos hablando de entidades nosológicas, a abogados opinando de ciencia, a deportistas comentado acerca de política y a políticos parloteando de todo. Cualquiera puede a hablar de lo que le apetezca con tal de tener "su minuto de gloria". Minuto que si coincide con ese "sólo sé que no sé nada" desde fuera se contempla como ignorancia, atrevimiento, inconsciencia.

"Moderación, cautela en la manera de ser o de actuar. Sensatez, buen juicio"… Serían términos adecuados a tener en cuenta cuando una persona, como yo en este momento, escribe, relata u opina sobre algo que con toda probabilidad alguien leerá. No es convincente que el que lo hace sentado tras la pantalla de su ordenador (trinchera perfecta desde la que algunos despliegan toda su necedad, aunque sean catedráticos y  mantengan su prestigio con el sudor y trabajo de sus doctorandos) muestre una sutil disculpa al comienzo de su parrafada para, así, justificar todo lo que va a contar, que, en ocasiones, no corresponde ni a su experiencia, ni a su investigación y, por tanto, cae en un acto de irresponsabilidad. Y no diré irresponsabilidad informativa, puesto que, precisamente, ese acto no contiene ningún elemento que aporte nada nuevo. Si fuéramos más prudentes a la hora de hablar, algunas personas tendrían muy poco que decir y así estarían mejor.