Jueves 12.12.2019
Opinión
Guillermo López Lluch
18:59
21/06/19

La música amansa a las fieras y algo más

La música amansa a las fieras y algo más

La Orquesta de Córdoba cerró el pasado jueves su ciclo anual con el duodécimo concierto de abono en el que los asistentes pudieron disfrutar de la Serenata de Cuerdas, opus 87 de Joaquín Turina, el delicado Concierto para arpa opus 25 de Alberto Ginastera y la siempre fabulosa y archiconocida Sinfonía número 9 en mi menor, opus 95 'Del Nuevo Mundo', de Antonin Dvořák. La ejecución de la Orquesta de Córdoba y de la solista de arpa Cristina Montes fue exquisita, perfecta, magistral. Lamentablemente, el director de la orquesta, Carlos Domínguez-Nieto, tuvo que reprender al público en el interacto entre la obra de Turina y la de Ginastera por la intromisión durante la bellísima Serenata de cuerdas de Turina de los acordes irreverentes, irrespetuosos e imperdonables de varias llamadas de móvil pero, en especial de una que con su altisonante ring fastidió un pasaje suave y melodioso. 

Acostumbrado como estoy a trabajar siempre con música a mi alrededor me asaltó la curiosidad de escarbar científicamente sobre varias de las cuestiones que giran alrededor de esta práctica tan humana. Desde su uso para crecer orquídeas o para incrementar el coeficiente intelectual a partir incluso del periodo prenatal o para mejorar las enfermedades neuronales como la depresión, el autismo o la demencia senil, la música se ha estudiado desde múltiples prismas; unos más científicos y otros no tanto. El caso es que, por lo que sabemos, los humanos somos los únicos organismos de este planeta capaces de crear música (aparte de los pájaros cantores que usan sus trinos para llamar al cortejo) y combinaciones casi infinitas de notas para generar obras tan dispares como un rap o una sinfonía, una chirigota o una ópera, un regetón o una sonata. Dirán que también el ser humano es el único organismo que es capaz de cocinar, hablar por móviles, hacer películas o leer libros; y tienen toda la razón, pero la música ya se creaba mucho antes de que el ser humano desarrollara tecnologías tan complejas, o incluso se planteara escribir en piedra. Con hueso, tendones y pieles, civilizaciones antiguas de hace más de 5.000 años ya creaban instrumentos para generar música. Cualquier organización humana que se les pase por la mente utilizan alguna manera de hacer sonar utensilios con cierto orden creando algún tipo de ritmo. Por tanto, la música ha sido un acompañante en la historia del ser humano. Puede que algo tenga que ver con nuestra 'inteligencia'.

Uno de los más controvertidos efectos musicales es su influencia en el desarrollo neuronal prenatal y postnatal. Se dice que si una mujer escucha a Mozart durante el embarazo o si a un niño se le hace escuchar al genio mientras juega con las piezas grandes de plástico montando estructuras simples, algo de la enorme capacidad del genio musical se le pegará al tierno infante aumentando su coeficiente intelectual. No vamos a discutir que Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart fue un auténtico genio de la música capaz de componer su primera obra a la edad de cinco años habiendo aprendido ya a esa corta edad a tocar el clavicordio, el clavecín o el violín. No creo que haya duda que Mozart era un enorme genio, pero de eso a que su música influya para que tus neuronas se vuelvan supereficientes hay un mundo poco sustentado por las evidencias científicas. Puede que a las orquídeas le venga bien, es fácil comprobarlo, pero a los humanos no parece que nos haga más listos. No obstante, se han propuesto algunos estudios piloto para encontrar alguna relación, aunque las revisiones de la literatura científica realizadas hasta el momento no demuestran nada concluyente y casi todas ellas tratan el asunto de qué tipo de música es mejor para la inteligencia futura del recién estrenado humano. Así que, por ahora, si les prometen que la terapia musical ayudará al nene a ser más listo, tengan en cuenta que hay cientos de factores más que influyen en eso, entre ellos el estudiar, la perseverancia, el ambiente, la concentración, etc, etc., y que por mucho Mozart que ustedes le hagan escuchar, es muy posible que el pupilo o pupila no sepa tocar una tecla o hacer muchas cosas más en su vida. 

Otra de las facultades que se atribuyen a la música es su capacidad para 'amansar a las fieras'. Y ya que he comentado que el ser humano es el único organismo capaz de crear música, supongo que las fieras a las que se refiere el refrán también deben ser humanas, aunque en este caso algunos modelos animales vienen en auxilio de la ciencia para llegar a conclusiones más afinadas. En un modelo de estrés temprano desarrollado en ratas, el uso de 12 horas por día de música mozartiana resultó en un menor estrés y ansiedad o depresión y una mejora de la sociabilidad de las ratas.  En otro estudio se demostró que los beneficios de la música en animales de laboratorio dependían de las especies y de tipo de música, algo totalmente lógico, no es lo mismo Bach que Megadeth y menos para una rata. Como en las ratas, en personas con diferentes problemas neurológicos, la terapia musical parece que ha establecido una relación positiva con la depresión mejorando el carácter. Además, un estudio sistemático realizado a partir de la base de datos Cochrane, una de las fuentes más fiables en medicina, sostiene que son necesarios más estudios para realizar recomendaciones para la práctica clínica, aunque los estudios realizados hasta el momento sugieren efectos positivos sobre la calidad de vida en personas que han sufrido infarto cerebral. Otra revisión actual sugiere el uso de música para mejorar la calidad de vida de pacientes que se encuentran bajo cuidados en instituciones médicas habiendo encontrado mejoras en la socialización, la comunicación, reducción de la depresión, mejor salud física y reducción de la ansiedad.  Por tanto, parece claro que la música produce efectos positivos en la salud mental de las personas, al menos en lo que es el temperamento y la depresión.

Otro de los aspectos importantes viene de la práctica de la música. Aprender a crear música a partir de un instrumento estimula el cerebro y produce efectos positivos. Pensándolo detenidamente, la práctica de la música crea múltiples focos de actividad en el cerebro. Se estimulan los centros de percepción del sonido acoplados a la generación de éste en un proceso en el que se deben coordinar los dos hemisferios para acompasar, por lo general las manos, en movimientos diferentes. Si a eso le unimos el mover el cuerpo al ritmo de lo que se está creando, tenemos un ejercicio de coordinación muy completo. Un estudio reciente ha propuesto que el aprendizaje de la música puede influenciar positivamente la capacidad para desarrollar empatía, mejorando así la convivencia. En el caso de personas que sufren el trastorno del espectro autista, recientes estudios han mostrado que la práctica de la música y, especialmente de sus ritmos, pueden ayudar a la regulación sensomotora. Pero todo tiene sus contras y, como cualquier actividad continuada, la ansiedad que se puede crear durante el estudio de la música y la frustración creando estrés que afecta a la liberación de hormonas de estrés.  Obviamente, una cosa es la práctica profesional y otra muy diferente la práctica por entretenimiento. La una puede crear estrés, la otra parece poder eliminarlo. 

Pero como toda actividad en nuestro organismo, en todo esto debe haber una base biológica y también se han hecho esfuerzos para encontrar qué es lo que la música hace con nuestras neuronas. La clave parece estar en las neuronas dopaminérgicas, aquellas que dependen de un neurotransmisor llamado dopamina. Estudios genómicos han encontrado que el gen de la alfa-sinucleína se sobreexpresa cuando escuchamos y se practica música. Este gen es regulado por una proteína que se activa en neuronas cerebrales dependientes de dopamina. Así que parece que la música activa nuestras neuronas dopaminérgicas. Y no solo en nosotros, en pájaros cantores se ha asociado la capacidad vocal a zonas ricas en neuronas dopaminérgicas que parecen regular la coordinación motora y vocal. El hecho es que en humanos, la liberación de dopamina en ciertas áreas del cerebro está asociada con los circuitos de recompensa, aquellos que nos hacen sentir bien y reconfortados. Uno de estos centros es el núcleo accumbensconsiderado el centro regulador del sistema de recompensa en el cerebro humano.

De hecho, recientemente se ha demostrado en humanos que la percepción agradable de la música depende de la liberación de dopamina.  Es decir, sin dopamina, la música no nos es agradable. Por tanto, podemos decir que la música incrementa la producción de dopamina y también de serotonina en los circuitos de recompensa cerebrales, explicando molecularmente cómo la música amansa a las fieras tranquilizándolas y haciéndolas sentir bien. Pero también parece que puede haber una relación con la capacidad de aprendizaje ya que las neuronas dopaminérgicas están relacionadas con la capacidad para almacenar memoria a largo plazo,  en nuestro disco duro. Este proceso ha hecho pensar que la música podría ayudar a mantener la memoria en personas con Alzheimer, e incluso se ha propuesto que la combinación de terapia musical con danza podría mejorar la capacidad cognitiva, de coordinación y el comportamiento en estas personas, ya que los mecanismos moleculares dependientes de la dopamina para mantener la memoria y coordinar el cuerpo son los mismos. 

El tema no es baladí, ya que la base de datos Pubmed presenta casi 6.000 artículos científicos en humanos donde la palabra música es parte del título. Por tanto, aunque las conclusiones científicas son menos concluyentes que en otros casos más estandarizados asociados al uso de fármacos y otras terapias, parece haber un consenso sobre el efecto que la música y su práctica producen en nuestro cerebro. Los datos científicos indican que cierta música mantiene al cerebro más activo, calmado y atento al estimular determinados circuitos neuronales. Lástima que en los conciertos sean nuestros dispositivos móviles los que más atentos estén a lo que se está escuchando. En unos porque estamos tan acostumbrados a ver el mundo en una pantalla que hasta en un concierto en directo algunos acaban viéndolo casi al completo en su pantalla del móvil grabando algo que visualizarán durante unos minutos y acabarán borrando en poco tiempo. Su memoria a corto plazo depende únicamente del móvil, la memoria a largo plazo ni siquiera se habrá activado. Otros porque se olvidan de seguir las recomendaciones repetidas y repetidas y repetidas en los teatros de apagar el móvil. Ricardo Gómez, el conocido Carlitos de Cuéntame, recientemente denunció que no hubo ni una de las 85 funciones de la obra Rojo de John Logan junto con Juan Echanove en toda España en la que no sonara un móvil. Ninguna. Es para hacérnoslo mirar, la verdad. 

Decía al principio que en un pasaje de la Sonata para Cuerdas de Turina en el pasado concierto de la Orquesta de Córdoba sonaron móviles. Especialmente me quedé con uno en el que a una señora de la cuarta fila de butacas le comenzó a llamar el móvil con un estridente ring que llenó toda la sala. Como bien dijo el Director mientras mi amigo Pepe Figuerola preparaba la sala para el concierto de arpa posterior, 'le habían estropeado la sonata'. A él, a la orquesta y a todos los demás. Lo curioso es que la señora aplaudió fervorosamente el comentario como si la cosa no fuese con ella. Tal vez se le había olvidado que el móvil entrometido fue el suyo. Si a eso sumamos la pareja de señoras sentadas cerca de mi localidad que se pasaron comentando cosas entre ellas mientras sonaba el Concierto “Del Nuevo Mundo” de Antonin Dvořák sin percibir aparentemente que molestaban a los demás, podemos llegar a la conclusión que es muy posible que la música no produzca efectos sobre todos los cerebros ya que algunos no están abiertos a tal efecto o que posiblemente sea la inteligencia artificial de nuestros dispositivos la que se esté beneficiando de los efectos de la música sobre los circuitos neuronales. Total, a veces parece que el teléfono inteligente lo es más que uno mismo. Si tienen en cuenta las evidencias científicas mostradas en esta columna, la próxima vez atiendan a la música, abran su cerebro y apaguen o silencien el móvil; lo mismo les viene hasta bien.

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