Opinión

La segunda ley de la termodinámica y el Sr. Johnson

Muchas veces pienso que hay quien no acaba de entender la naturaleza biológica del ser humano. Muchos se creen por encima de las reglas que rigen las actividades, relaciones, regulaciones, modulaciones, respuestas y cientos de otros mecanismos que regulan nuestro cuerpo igual que regulan el cuerpo de cualquier otro organismo vivo y, en especial, animal.

Es tan así que tenemos toda una plétora de personajes más o menos mediáticos que tratan de engatusar a muchos con cuentos sobre pócimas milagrosas, medicamentos que nos ocultan, baños de café por el agujero equivocado, insolaciones por el mismo lugar, ingestas de hongos que te hacen volar o la toma de pastillas que no contienen absolutamente nada salvo azúcar. 

De esto no se escapa la lucha por encontrar el Santo Grial de la eterna juventud tan utilizado en literatura, arte y cine. Pero, como decía, somos seres biológicos y, como tales, debemos cumplir unas reglas, más bien unas leyes que no se pueden soslayar: Las leyes naturales. 

El envejecimiento y la segunda ley de la termodinámica 

Unas de esas leyes son las que rigen la termodinámica o, por decirlo simple, las leyes que rigen la relación entre materia y energía y su interconversión. En simples palabras, la primera ley establece que la energía total del universo se mantiene constante. O sea, que ni se crea, ni se destruye, sólo se transforma.

Pero vamos a centrarnos en la segunda ley, en una de sus muchas formulaciones, establece lo siguiente: En un sistema cerrado, donde no se produce ni intercambio de materia ni energía, el sistema tiende a llegar al equilibrio y éste es el estado de mayor desorden. Es decir, que el sistema tiende al caos. 

Sin embargo, su aplicación a los sistemas biológicos es más compleja, ya que no somos sistemas cerrados, sino que intercambiamos materia y energía con nuestro medio ambiente, aunque la ley se mantiene inexorable. En su artículo 'Termodinámica de la evolución biológica', David Laurie y Jorge Wagensberg, (Temas, Investigación y Ciencia 16 (1999), pp: 82-93), desglosan de una manera muy interesante cómo los seres vivos cumplen con esta ley y eso ayuda a la evolución, pero tiene su coste. 

Simplificando mucho, en un sistema abierto, el estado de equilibrio al que aludía antes es la muerte. Es el estado en el que el sistema ya no intercambia nada con el medio que le rodea. Eso lo harán los organismos que se aprovecharán del jugoso cadáver para su propia supervivencia. 

Lo que ocurre en los sistemas vivos es que tomamos energía del Universo. Eso lo hacen los organismos autótrofos o, por simplificar, los fotosintéticos que usan la energía de la luz del sol y el CO2 del ambiente para fabricar materia orgánica. Luego, los heterótrofos, como nosotros que nos alimentamos de materia orgánica, los consumimos a ellos y a otros heterótrofos y utilizamos esa energía para fabricar nuestros componentes y mantener todo el sistema que nos permite vivir. En todo ese proceso devolvemos al Universo desorden o caos o, más técnicamente, entropía

Mientras estamos vivos todos nuestros sistemas metabólicos están en continuo reajuste, o, mejor dicho, en un estado estacionario. Mantener ese estado estacionario es altamente costoso y por ello necesitamos alimentarnos todos los días con una cantidad de calorías determinada. 

Ese estado estacionario requiere de reajustes continuos que se van deteriorando con el tiempo haciendo que cada vez cueste más mantenerlo. Con el tiempo, el desorden, la entropía, va aumentando internamente en nuestras moléculas, células, tejidos y órganos y todo va funcionando cada vez peor. Eso es lo que ocurre durante el envejecimiento y eso nos lleva al estado de equilibrio o muerte, cuando el organismo ya no puede reajustar más. 

Bryan Johnson contra las leyes naturales

Sin embargo, en el campo del envejecimiento hay quien pretende jugar al ajedrez contra la muerte, como el caballero de 'El séptimo sello'. Muchos ricos pretenden engañar al envejecimiento y a la muerte buscando el mecanismo que les permita vivir lozanos y jóvenes mucho, mucho tiempo.

Uno de esos ricos es Bryan Johnson, que se ha convertido en un gurú antienvejecimiento, tras haberse enriquecido con diferentes compañías exitosas. En una de sus últimas empresas, Blueprint, Johnson se ha convertido en su mejor representante mediático al someterse a una infinidad de procedimientos antienvejecimiento que, obviamente, tienen su mercadotecnia asociada que incluye suplementos, tests para detectar supuestos biomarcadores del envejecimiento, dietas, y otras cosas de dudosa eficacia y soporte científico. Entre todo ello, se incluyen botellas de medio litro de aceite de oliva virgen californiano que vende a entre 30 y 50 dólares. Gran negocio.

En un documental disponible en una conocida plataforma de series y películas, Johnson nos muestra su estupendísima vida basada en gastar unos 2 millones de dólares al año en cuidados antienvejecimiento. Ingentes cantidades de dinero en aparatos, determinaciones, terapias y suplementos alimenticios que toma diariamente. Un supuesto sistema de chequeo basado en algoritmos desarrollados por un supuesto experto cuyo CV en envejecimiento es más que dudoso o casi nulo.

En dicho documental podemos ver una sala considerablemente grande llena de suplementos a granel de todo tipo que complementan una dieta bastante limitada en calorías y que termina a las 11 de la mañana todos los días. Según Johnson eso hace que su cuerpo se recicle adecuadamente. Obviamente, machacarse físicamente y tener una dieta equilibrada es importante para ralentizar los daños del paso del tiempo, pero ¿es eso lo que hace Johnson? Yo opino que no, que todo su sistema está considerablemente desequilibrado.

Una de las mayores barbaridades a las que se somete Johnson y su padre e hijo es a transfusiones de sangre. Hace tiempo se comprobó científicamente que la sangre de ratones jóvenes contenía componentes que beneficiaban la fisiología de los ratones viejos. Eso hizo aparecer empresas que aprovechaban el descubrimiento, no comprobado en humanos, para hacer negocio. Y parece que la idea se mantiene y Johnson la practica. Su joven preuniversitario hijo le da sangre a su fibroso padre y a su mayorcete abuelo para beneficiar su envejecimiento. Ya ven, Drácula nunca mordía a personas viejas y era por algo.

Y otra de las barbaridades es someterse a una terapia génica en una isla caribeña con poca o ninguna regulación médica o fiscal para inyectarse en el tejido adiposo un plásmido que lleva genes de folistatina, una hormona que induce la producción de músculo. El plásmido, que es ADN circular, expresa la hormona que es liberada a la sangre desde el tejido adiposo. Esta terapia pretende mantener altos los niveles de folistatina y así aumentar la masa muscular. Por supuesto, algo que no se ha demostrado en humanos, pero le da igual, tiene los 25.000 dólares que vale el pinchazo. 

Como pueden ver toda una sarta de barbaridades pseudocientíficas al alcance de alguien muy rico que también hace negocio a través de su plataforma. 

Las leyes naturales son inexorables 

No podemos ir contra las leyes de la naturaleza, son severas e inapelables. Y, de hecho, aunque se están haciendo estudios, ya comienzan a aparecer problemas por el desequilibrio generado en el organismo. Suplementar, así como así, afectando rutas centrales del metabolismo sin comprender del todo su regulación es peligroso y puede producir efectos contraproducentes. 

Finalmente, lo que sí ha demostrado eficacia es una dieta rica en variedad y equilibrada, la práctica de ejercicio físico moderado y ser activo social y mentalmente. Todo ello sí que tiene evidencias científicas tras de sí y no enclaustrarse en una casa atiborrándose de pastillas y haciéndose pruebas día tras otro. 

Como la Nada de 'La Historia Interminable', de Michael Ende, la entropía avanza inexorablemente por el Mundo de Fantasía del Bryan Johnson, por nuestro cuerpo y por el Universo. Cuando el desequilibrio ya no se puede reequilibrar, ocurre lo inevitable. 

Tengan en cuenta que las evidencias científicas consolidadas se cumplen y los delirios de charlatanes o visionarios lo más seguro es que no. 

#SinCienciaNoHayFuturo