El Gran Teatro ha acogido esta tarde -después de que el apagón generalizado impidió celebrarlo el lunes anterior, cuando estaba previsto- el Pregón del Mayo Festivo Cordobés, a cargo de cineasta cordobés Gerardo Olivares, ejemplo de "cómo sentirse cordobés y llevar a Córdoba en el corazón, aunque se esté a miles de kilómetros de distancia y uno se haya pasado media vida viajando por el mundo para mostrarnos la belleza y singularidad de los rincones más lejanos del planeta", en palabras del concejal de Fiestas y Tradiciones, Julián Urbano (PP).
Una persona que "desde muy joven, tenía muy claro que necesitaba mundo e historias que contar para sentirse realizado y tener el placer de regresar, siempre que él quisiera, a su aldea". Y comenzó pronto, cuando "con poco más de 20 años, le pidió la Vespa a su hermano para llegar con ella hasta Laponia".
Olivares ha preferido hablar de la Cordoba "que guardo en mi memoria, la que me sigue acompañando, aunque esté lejos", antes que optar por hablar de la belleza de una ciudad harto conocida por los propios cordobeses. Así, ha dicho haber nacido hace 60 años en el Sanatorio de Calzadilla, en la esquina de El Brillante con la carretera del Calasancio, donde ahora está el Aldi, lo que quizá explique en parte su aspecto de alemán. Su infancia, "feliz", transcurrió en la casa de sus padres rodeada de pinos de la calle Poeta Paredes, que son "sus raíces" y su "refugio de paz". Y donde, ha confesado que le gustaría "pasar mi último ciclo de vida".
De esa época guarda sus pequeñas aventuras, como cuando tenía que pasar en bicicleta por delante de una cueva "donde vivía una señora mayor, con el pelo largo y muy blanco, no tenía dientes, el rostro muy curtido por la dureza de la vida, y siempre mantenía un fuego encendido", y a la que llamaban la "bruja de la cueva".
También ha tenido un acuerdo para sus amigos del colegio Alzahir, de los que dijo que "forman parte de mi Córdoba bonita" y su primera vez que entró en el Gran Teatro, que le hizo descubrir su amor por el séptimo arte, con películas como 'Fiebre del sábado noche', que hicieron nacer su sueño de contar historias con imágenes.
Por esa época acudía con sus amigos al Granito de Oro, con Ramírez detrás de la barra y su palillo en boca, para pedirle un bocata de calamares o un pincho de tortilla, intentar ligar con alguna chica y jugar al futbolín por las tardes. Otro lugar de encuentro de Olivares y pandilla era la taberna La Guardia de Franco, frente al Círculo de la Amistad, regentada por un legionario que, "por un duro te ponía un fifti-fifti, una mezcla de vino blanco y vino dulce que te metía un buen cebollazo, suficiente para ir a gustito el resto de la noche".
Y fue precisamente por esa época cuando descubrieron la "magia" del Mayo, especialmente con la Feria, en el Paseo de La Victoria, con la caseta del Círculo de la Amistad como "la joya de la corona", donde su "amigo del alma", Pablo, le enseñó a bailar sevillanas, tras acudir a la fiesta artes montados en su Vespino.
Su vida feliz dice que acabo a los 15 años cuando se fue a Campillo, aunque el consuelo llegaba en forma de fin de semana cuando regresaba a Córdoba en autobús y trabajaba poniendo copas, junto a su amigo Pablo, en el pub La Luna a cambio de 1.000 pesetas que se esfumaban en en Disco 3, antes de rematar la noche en "el Gitano Manuel escuchando flamenquito del bueno mientras nos comíamos un buen potaje de garbanzos que ayudaba a amortiguar el colocón".
A finales de los 80' se marchó a Madrid, a la Universidad, aunque su interés se centraba en los mapas que le regaló su padree. Y precisamente en uno de ellos descubrió algo que le dejó fascinado: "Desde Alaska hasta la Tierra del Fuego había 36 lugares en América que llevaban el nombre de Córdoba: ciudades, pueblos, accidentes geográficos...", y soñó con recorrer esas tierras. Un sueño hecho realidad con "La Ruta de las Córdobas, con dos Land Rovers y un camión, atravesando todo un continente en busca de esos nombres hermanos".
Fue el germen de su primera serie documental. Después regresó a su tierra donde se concentró con una historia plasmada en la película 'Entre lobos'. Y también ha desvelado en su pregón que en Córdoba redará su próxima película: "Otro hecho real, la increíble historia de Manuel, un cordobés humilde que tiene una relación única con nuestro animal más emblemático; el lince ibérico, el fantasma de la Sierra".
Y tras más de 40 años fuera, cada vez que vuelve realiza su "paseo bonito": "camino por Cruz Conde, atravieso las Tendillas, bajo por Claudio Marcelo, me tomo una cervecita en la taberna El Gallo, sigo hasta La Corredera, me paro a saludar a Manoli la Espartera, atravieso el mercado de abastos, cruzo la plaza de las Cañas, de ahí, tranquilito, a la plaza del Potro, me pierdo por la Judería, luego por San Basilio, donde las macetas son gritos de vida colgados en las paredes. Y de cuando en cuando, me siento en la placita de Emilio Luque a recordar mi primer beso mientras me como un perrito caliente del bar Lucas. Son mis chispitas de felicidad", dice.
En un brusco giro el final del pregón centra su mirada finalmente en el Mayo. Un Mayo que "en Córdoba no se explica: Se vive", con su cata del Vino, sus Cruces, sus Patios ("donde hasta las piedras huelen a jazmín") y la Feria, donde "hasta los problemas se visten de faralaes y se van de fiesta".
Y una última recomendación: "Dejarse ya de chuminás y de pegoletes, olvidaos por unos días del mundo y sus tonterías, porque en mayo Córdoba es la ciudad de la alegría".