miércoles 16.06.2021
Opinión

El origen de la bestia

El origen de la bestia

Parece que no aprendemos. Los altos estamentos de nuestra gobernanza tienen muy claro que somos la cúspide de la evolución o los elegidos por un dios para ser su imagen y semejanza. Eso no les permite entender que la naturaleza tiene sus propias reglas y le importa un bledo nuestra existencia. O bien la geopolítica ciega la mente de nuestros mandatarios o no les da para más.

El ser humano está dando muestras de tal arrogancia que sólo acepta que todo tiene que venir de nosotros mismos. Nosotros nos lo freímos y nosotros nos lo comemos, eso es todo. Así que no podemos dejar de dar vueltas al asunto del Coronavirus y de su origen. Tenemos que encontrar un culpable, no podemos asumir que venga de la naturaleza que nos gobierna. No es posible, nosotros somos lo más de lo más, un ser tocado por la divinidad, y un virus natural, procedente de un murciélago, no nos puede poner en jaque.

Pues va a ser que no, que no nos hemos enterado pese a las veces que la naturaleza nos ha dado de bofetadas a lo largo de nuestra historia. No nos podemos considerar tan racionales como creemos que somos si no somos capaces de analizar el ambiente en el que vivimos y sus reglas. Y si no entendemos sus reglas, la próxima crisis va a ser aún peor. Por ahí hay algunos patógenos que ya dieron muestras de que podían afectar a los humanos y de una forma mucho más drástica. Sólo necesitan que les demos una oportunidad. Y se lo estamos poniendo en bandeja. 

El origen del HIV. 

Entre los años 70 y 80 del pasado siglo una nueva enfermedad comenzó a llamar la atención. Personas jóvenes, homosexuales en su mayoría, morían por infecciones causadas por organismos inocuos y sufrían cánceres raros. Había nacido una nueva enfermedad: el síndrome de inmunodeficiencia adquirida o SIDA. Pero, ¿de dónde venía?

Con el tiempo y ciencia se encontró una gran similitud genómica entre el virus que causaba la enfermedad, el VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana) y otros virus naturales que afectaban a los simios o VIS (Virus de Inmunodeficiencia Simia). Además, se encontraron dos variantes del VIH, una más agresiva, el VIH-1, otra con menos dispersión y agresividad, el VIH-2. Dentro de cada una hay diferentes versiones del virus. En el caso del VIH-1, la variante M es la que más dispersión ha sufrido y la más común en todo el mundo.

En los años 80 teníamos toda una crisis mundial con el SIDA. No había cura, no había fármacos efectivos y no estaba claro de dónde había salido el virus. ¿Nos suena? Nuevo virus, nueva enfermedad, muchas incógnitas. 

El virus acabó aislándose. Se caracterizó. Se estudió. Se entendió su mecanismo de acción y, tras alguna trifulca científica, en 1984 Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier recibieron el premio Nobel por su descubrimiento. Pero quedaba un fleco por determinar, ¿de dónde había venido?

En esos años la secuenciación génica no era la técnica tan eficiente que utilizamos ahora. En esos años, las técnicas de biología molecular aún estaban en desarrollo, por no decir en pañales. Por eso no es extraño que hubiese suspicacias. Como el virus afectaba principalmente a homosexuales no pocos decidieron que era un castigo divino. Todo cambió cuando afectó a padres y madres de familia y a personas con enfermedades como la hemofilia. Ya sabemos lo malos que son los prejuicios, que no nos dejan ver la verdad, aunque la tengamos delante. Muchos siguen con la venda delante de los ojos. 

Mientras los científicos hacían su trabajo, afanándose en buscar pruebas en las pistas que dejaban las informaciones genéticas de las cepas víricas, otros intentaron descubrir el origen utilizando otros argumentos. 

En 1992, un periodista estadounidense, Tom Curtis, publicó en la revista Rolling Stones, un artículo sobre el posible origen del VIH. Según este periodista, una vacuna contra la poliomielitis, producida por Hilary Koprowski en el Congo Belga entre los años 1956 y 1960, y desarrollada en células de chimpancé estaría tras la infección por HIV. 

Más tarde, otro periodista, esta vez británico, Edward Hooper, publicó el libro titulado “The River: A journey to the source of HIV and AIDS” (El río: un viaje a la fuente del HIV y el SIDA), en el que explotaba la posibilidad del origen del HIV en las vacunas desarrolladas por la Dra. Koprowski. Hasta hay un video producto de ese libro.

Tan razonables eran las 'evidencias' de Hooper que la Royal Society de Londres mandó una expedición al Congo Belga para determinar si lo publicado en este libro tenía base científica o no. Michael Worobey y Bill Hamilton encabezaron la expedición que, al final, encontraron pruebas sobre el origen natural del VIH (pueden profundizar en este tema en el excelente libro 'Contagio' de David Quammen). 

La ciencia, con su parsimonia, hacía su trabajo y demostraba que lo posible no siempre es probable. Los estudios genéticos demostraron finalmente que el VIH había pasado desde los chimpancés (que la gente cazaba y comía) a los humanos allá por los años 20 del siglo pasado y que, poco a poco, había ido mutando hasta llegar a grandes poblaciones donde encontró un foco donde proliferar fácilmente. 

El origen del Coronavirus.

En la última semana, las dudas han vuelto a surgir sobre el origen del Coronavirus. Hemos pasado de negarlo a decir que era un producto de la ingeniería genética. Y como los datos sobre el origen artificial del virus no cuadran, hemos pasado a que científicos chinos del laboratorio de Wuhan se infectaron con un virus natural mejorado y que a partir de ahí se produjo la pandemia. Poco importa que el virus haya mutado ya entre nosotros cientos de veces en menos de un año. 

No hay pruebas para decir nada de eso, pero ¿qué más da? Necesitamos un culpable. Hay que encontrar un culpable. No puede ocurrir todo esto sin un culpable. 

En 2016, un grupo de científicos chinos publicaron la existencia de múltiples coronavirus en cuevas de china. Algunos de ellos similares al SARS-CoV de 2003, y uno de ellos, el BtCoV/4991, idéntico al RATG13. El hecho cierto es que en 2012 seis mineros de una región de china se infectaron con un Coronavirus de murciélago, el mismo BatCovRATG13 (curiosamente hecho publicado por el CDC norteamericano en 2013). Tres de ellos murieron. De ellos se extrajeron muestras del virus. Años después, el SARS-CoV-2 da lugar a una pandemia global y el foco está, supuestamente en Wuhan, donde se encuentra un laboratorio donde se estudiaba este virus (aunque otros muchos laboratorios también estudian Coronavirus). El RATG13 tiene un 96,2% de similitud genómica con el SARS-CoV-2, así que no es difícil pensar que alguien que estudiaba este virus quedase contagiado e iniciase la pandemia. Pero, el RATG13 y otro Coronavirus del pangolín carecen de la capacidad infecciosa del SARS-CoV-2 al no disponer de las modificaciones necesarias para infectar células humanas con eficiencia, a no ser que haya contacto directo y extenso en el tiempo, como les ocurrió a los mineros de 2012. Tal vez hayamos visto demasiadas pelis americanas de laboratorios, virus y contagios. 

En cualquier película de juicios todo el embrollo del origen del Coronavirus sería considerado como una prueba circunstancial. No obstante, gobiernos tan poderosos como el de USA o UK han puesto a sus servicios de inteligencia como la CIA o el MI6 a descubrir si el escape del virus del laboratorio es cierto o no. La pregunta que yo me hago es ¿se basarán en pruebas científicas o sólo en suposiciones o en circunstancias plausibles? ¿Harán un informe de cientos de páginas llenos de relaciones y coincidencias pero nada claro o estudiarán la ingente información científica que hay sobre Coronavirus en la literatura científica? Con el HIV, los periodistas hilaron fino y buscaron una explicación plausible, de origen humano, aunque luego se demostró errónea. Eso es lo que tienen las relaciones interesadas, que luego no cuadran con la realidad.

¿Primará en esta búsqueda la verdad o sólo el interés geopolítico? Difícil de decir, la verdad, y me temo lo peor. Dentro de nada tendremos los periódicos y los noticiarios con unos informes ambiguos, pero apuntando a un blanco posible, aunque puede que no probable. 

Hace unos días científicos chinos y australianos descubrieron Coronavirus con una similitud enormemente alta con el SARS-CoV-2. A principios de 2019, un grupo de científicos chinos publicó en una revista en abierto una revisión sobre la cantidad de Coronavirus de murciélagos con posibilidad de infectar a humanos. Científicos de todo el mundo investigan este tipo de virus. ¿Vamos a desconfiar de todos estos científicos también? ¿Vamos a dar la espalda a la realidad? ¿Vamos a obviar que aún desconocemos cómo se producen los brotes de Ébola o cuál es su origen? ¿Vamos a seguir obviando las modificaciones que el cambio climático está produciendo en vectores de enfermedades como la fiebre del Nilo, el Zika, el Chikungunya, o la fiebre amarilla? 

El hecho claro es que en la naturaleza hay peligros que acechan. Hay microorganismos que pueden hacer estragos en poblaciones hacinadas en ciudades de millones de habitantes. Un virus puede estar años pasando de contagiado a contagiado de forma silenciosa, sin mostrar sus cartas, mejorando mediante mutaciones su capacidad infectiva infección tras infección. Sin prisas pero sin pausa, hasta alcanzar la capacidad infectiva para hacer estragos. A los patógenos les bastan dos factores para hacer estragos: Una capacidad infectiva alta con una latencia alta. Con esos dos factores, la crisis está asegurada. 

¿Vamos a seguir mirando hacia otro lado mientras la naturaleza cambia a nuestro alrededor? 

Mal vamos si seguimos poniéndonos en el centro de todas las cosas. Muy mal vamos.

#Yoyamehevacunado.

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