lunes 30.11.2020
La ciudad

Crónica de la sardiná de la Velá de la Fuensanta: el Pocito y los hidropedales con tobogán

Desde la sencilla máquina de Rod Taylor en 'El tiempo en sus manos' hasta el DeLorean de Regreso al Futuro, el cine y otras artes reflejan el ansia humana por viajar en el tiempo. Se habla de velocidad luz, se habla de agujeros de gusano. Se habla de neutrones, se habla de fuentes de gravedad. Y siempre, siempre, aparecen por ahí los famosos gemelos. Uno que se queda en tierra y envejece y el otro que se va en la nave y llega como si nada, de pingoneo sideral, el tío ahí hecho un pincel. Ni el flequillo se le ha movido. O no sé si era al contrario. Einstein, ya saben.

Demasiadas complicaciones. Demasiada inversión. Demasiadas teorías cuando para viajar en el tiempo basta una sardina.

Si además hay 110 kilos para hacerlas a la plancha como en la sardiná de la Velá de la Fuensanta, el intenso aroma que recuerda a espeto le traslada a lustros atrás: La Cepa Playa, Fuengirola, abarrotada en los veranos de Verano Azul, olor a toneladas de colillas y crema y aceite Delial, patatas fritas grasientas del vendedor ambulante y el ir de aquí para allá de Magaña, que llevaba las tumbonas. No hay supercuerdas ni multiversos que te trasladen más rápidamente a épocas pretéritas que este pescado. El 'Doc' amigo de Marty Mcfly debió de elaborar un combustible con él. Se podrían tener perfectamente hoy en la Plaza del Pocito hidropedales con tobogán y no desentonarían. La gente, completamente enajenada por el olor intentaría pedalear en secano como posesos para ir hasta una boya en un mar producto del delirio. Tal es el poder de la fragancia de este manjar de dioses.

110 kilos como decimos para esta sardiná, que viene detrás de la salmorejá y la frutá a falta de la huevá.  Doce personas trabajando para dar salida a todos los platos antes de las 16:00. Intentamos precisar el número exacto de sardinas para la estadística, pero el presidente de la Asociación de Vecinos San José Obrero, Manuel García, nos aclara que no se han puesto a contarlas. Nos quedamos con esa laguna, quizá el dato más relevante para un periódico moderno.

Mientras en un extremo, en la pequeña calle del infierno de la Velá, había una batucada, en el otro la gente a cambio de un donativo se llevaba botellas de plástico con agua bendita o mojaba sus manos en un recipiente. Ojo, no es agua potable. Lo ha explicado claramente Manolo Luna, feligrés de la parroquia de la Fuensanta y encargado de atender a los que acudían al pozo o pocito. El agua ha vuelto al lugar hace siete años después de mucho tiempo sin ella. Una serie de obras hicieron posible, nos ha contado, que el arroyo pudiera llegar a ese punto de surtido de nuevo y así volver a una tradición que se basa en la aparición de la Virgen en el siglo XV. 350.000 euros costaron las obras.

Aunque sin ser demasiado creyente uno no sabe si la va a pifiar tras la muerte y toparse con San Pedro, dándose entonces cuenta de que mejor le habría ido con algo más de fe, por lo que toda precaución es buena. El que esto suscribe se hace con dos botellas de agua bendita para regalo con la esperanza de al menos rebajar con cada una un año de purgatorio. Considerémoslo una modesta inversión de futuro. Bastante modesta. Tres euros. Otros dejaban bastante menos que los he visto. Señor, cierne sobre ellos tu espada flamígera.

La batucada recorrió todo el camino hasta llegar a la zona de la Iglesia. Y ya fue todo una fiesta. El caimán, el agua bendita, la Virgen, los tambores y las sardinas. Lo humano y lo divino en justa armonía en una Velá de la Fuensanta parece que ya recuperada de resquemores de años anteriores y donde todo vuelve a encajar y a ser sencillamente alegre.

 

TEXTO Y FOTOS: Alfredo Martín-Gorriz

 

 

 

 

Crónica de la sardiná de la Velá de la Fuensanta: el Pocito y los hidropedales con tobogán