lunes 12.04.2021
Cultura

VIERNES SANTO: Nada más divinamente humano que un Dios muerto pendiente de resucitar

Dicen y cuentan que el famoso "non serviam" de Lucifer brotó de sus labios al mostrarle Dios la imagen de Cristo muerto en la Cruz. Una imagen patética, deprimente, terrible, agónica, totalmente cubierta de sangre y miseria, muy alejada de la grandeza, dignidad y majestad que se le supone a una divinidad. Y si el más cercano de los ángeles a Dios tuvo la reacción de alejarse del Padre al no reconocerle en el Cristo moribundo, hay que imaginarse lo que tuvo que suponer para sus apóstoles que el Maestro fuera apresado, denigrado, torturado, maltratado con un dolor de los que muy pocos pueden imaginarse (los látigos romanos de entonces terminaban en huesos que se incrustaban en la carne y al tirar de ellos la arrancaba en tiras sanguinolentas), juzgado, condenado y finalmente crucificado en una brutal acción que le desencajó los brazos y le impedía respirar a pleno pulmón en la cruz.

Ese choque inicial es el mismo que experimentaron los primeros pueblos a los que se llevó la Palabra del Nuevo Testamento, con un Dios tan sumamente alejado del terrible Padre iracundo del Antigua Testamento y mucho más cercano a los viejos dioses de los cultos guerreros. ¿Cómo adorar a un Dios débil que muere? ¿Cómo seguir a quien se deja masacrar y ofrece una visión triste antes de expirar?

Esa es la visión del Cristo del Viernes Santo. Los cielos han llorado, se ha hecho la noche en las almas de la humanidad y la duda se agranda en los corazones de quienes antes estaban seguros de servir a la verdad.

La propia Madre, que es la que mejor conoce lo que está por venir, no soporta la visión del Hijo y el sufrimiento es terrible, inconcebible, tal ha sido la brutalidad con la que le han pagado su natural bondad, su deseo de hacer iguales a todas las personas, su llamada a un amor fraternal que ha de igualarse con el que uno se tiene a sí mismo. Y ese camino no es tan sencillo.

La respuesta está en lo que ocurrirá en breve, hace de eso unos 1.985 años. Ya ha llovido desde entonces, pero se conmemora anualmente, porque la memoria es frágil y los silencios hay que quebrarlos para hacer añicos la ignorancia.

Hoy los templos han hablado de eso. En la Real Colegiata de San Hipólito con la Buena Muerte, en Santiago Apóstol con la Soledad, en San Pablo con la Expiración, en San José y Espíritu Santo con el Descendimiento, en San Jacinto con los Dolores y en El Salvador y Domingo de Silos con el Santo Sepulcro, además de la Conversión en Nuestra Señora del Rosario.

Así, la Buena Muerte ha celebrado una reunión de hermanos virtual para el ejercicio del Vía Crucis, los oficios y una vigilia pascual. La Soledad, por su parte, ha celebrado también los oficios y después la imagen de María Santísima en su Soledad se entronizó en el altar mayor de la parroquia para que los hermanos puedan acompañar a su Titular. Finalmente ha tenido lugar el acto de adoración a la Santa Cruz.

Para la Expiración se ha optado por el Sermón de la Siete Palabras en el interior de la Iglesia de San Pablo a cargo del padre claretiano Manuel Carrasco y con la intervención de la capilla musical Ars Sacra. En el Descendimiento se han expuesto a sus titulares, el Santísimo Cristo del Descendimiento y Nuestra Señora del Buen Fin, rezo del ángelus y rezo del rosario.

En la Conversión, se ha expuesto el Misterio, se celebró una misa, el rezo del Via Crucis, turno de vela a cargo de los hermanos y hermanas y apertura de puertas del templo para que el pueblo de Córdoba pueda rezar ante el Santísimo Cristo de la Oración y la Caridad y ante María Santísima de Salud y Consuelo.

En el Sepulcro la celebración de la jornada ha sido con un Via Crucis con la imagen de Nuestro Señor Jesucristo del Santo Sepulcro reservado exclusivamente a los hermanos de la corporación.

VIERNES SANTO: Nada más divinamente humano que un Dios muerto pendiente de resucitar