viernes 12.08.2022
Cultura

Los cuatro olivos del siglo XIII que supieron revivir en Medina Azahara

Resulta llamativo que en los jardines que dan paso al Centro de Recepción de Visitantes de Medina Azahara, la joya urbana del Califato Omeya de Qurtuba que inició el primer califa, Abderramán III, y remató su hijo Alhakén II, se hayan ubicado olivos centenarios nacidos en el siglo XIII, que es cuando Córdoba cae en manos cristianas con la ocupación del rey de Castilla y León Fernando III 'el Santo'.

Pero allí están como centinelas de la historia, exhibiendo sus retorcidos cuerpos de más de 800 años de vida y cada uno de los cuatro procedentes de lo que hoy son tierras de Denominación de Origen de aceite de oliva virgen extra, que producen los AOVEs de Lucena, Baena, Montoro-Adamuz y Priego de Córdoba.

Son de los escasísimos supervivientes que quedan en tierras cordobesas de épocas remotas, porque sus hermanos mayores tiempo ha que salieron en dirección a Europa adquiridos por particulares, fundaciones, sociedades y otros colectivos que sabedores de su valor histórico han pagado importantes sumas para llevárselos a tierras extrañas.

Dicen quienes cuidan de estos jardines que los cuatro matusalenes de madera lo pasaron francamente mal para arraigar en su nueva casa y que en más de una ocasión los dieron por perdidos, hasta que uno de ellos reverdeció negándose a morir para perder en el olvido tanto bagaje de sabiduría natural y de historia de la misma Tierra.

También se supone que ése que revivió con nuevas fuerzas fue hablando uno por uno a sus compañeros de cautivo bajo una noche estrellada y les fue convenciendo de que debían seguir adelante trazando la línea del tiempo y siendo testigos del devenir de los siglos y de los hombres. Quién sabe lo que les dijo para que abandonaran su interno autoexilio recreándose en sus propias almas para volver los ojos de nuevo hacia el cielo exterior y hacia el mañana más allá de un denso presente sin fin.

Quizá el de Lucena y el de Priego rememoraran cómo sus tierras antaño pobladas por propietarios árabes que huyeron hacia el Reino Nazarita de Granada ante el avance y la amenaza desde una Córdoba ya cristianizada, volvieron a ser repartidas por el rey Alfonso XI entre cinco de sus principales caballeros en la villa de Carcabuey. Y al mismo tiempo en esa misma villa se hicieron llegar a gentes de rango inferior en aquella oscura época para que también trabajaran la tierra.

También han podido rememorar los levantamientos mudéjares en tierras andaluzas antes de ser sometidos y sus protagonistas huidos a Granada, para que sus huecos fueran ocupados por 'cristianos viejos'.

Historias que también comparten sus hermanos de la zona de la Campiña Este y del Guadajoz, ya que Baena (la Bayyana almohade) también cayó en manos de Fernando III, quien la repobló a base de cristianos, judíos y mudéjares. Éstos también desaparecieron de esas tierras tras las sublevaciones y desde entonces la comarca fue pieza clave del sistema fronterizo castellano frente al poder nazarí de Granada. Y lo mismo ocurrió en la comarca del Al Guadalquivir.

Por tanto todos ellos tienen una misma Historia que recordar, pero infinitas intrahistorias que sólo ellos conocen y guardan como preciados tesoros encofrados de madera de olivo en sus respectivos fueros internos.

Si uno los mira sin prisas puede oírlos susurrar palabras antiguas que soportan ocho siglos de memoria en forma de arena fina y polvo reposado en ocultas telarañas brillantes al atardecer de un sol que los vio nacer. Una riqueza que debe permanecer como parte de la historia andaluza y un legado que estuvo a punto de desaparecer para siempre.

Los cuatro olivos del siglo XIII que supieron revivir en Medina Azahara