viernes 30.09.2022
Cultura

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¡Qué suerte tienen en Graná! Salvo por la escasez de bajistas (eso sí, los que hay, de excelencia) tienen bluesmen a mansalva y de muy alta calidad. El Cordoblues ofreció ayer noche una doble sesión de quilates, de los que hacen pensar que de verdad el mundo es global (en el mejor de los sentidos de esa acepción), porque no hay que cruzar el Atlántico para escuchar buen Blues, porque hay negros de piel blanca a esta parte del océano y porque tienen ese ritmo calado hasta los huesos en su interior sin pretensiones ni aspavientos. Sólo pasión, a pesar de que hubiera sido mejor trabajar los nombres de las formaciones.

Ocurre lo mismo con los franceses Slow Slushy Boys. Un nombre extremo para una pedazo banda de Garage-Soul-Beat de altísima calidad. Y es el mismo caso que El Oso de Benalúa y sus Sabandijas, que suena más a grupo-que-no-dura-mucho de la Movida Madrileña en los 80' del siglo pasado que a un cuarteto (ayer terceto) de muy buenos músicos a los que el Gran Modernista debería mantener unidos para los restos. Podrían haber puesto un 'Jenkins', un 'Alley', un 'Slim' o un 'Fuller' en el nombre y entonces sí que hubiera sonado a banda de Blues.

En fin, que mister Antonio Travé, AKA El Oso de la localidad granaína de Benalúa (Guadix), optó por ese mote y así se quedará. Al igual que sus Sabandijas (literalmente 'personas despreciables'), que ayer eran dos porque Tony Molina andaba de viaje por India (como en su día hicieron los Beatles para buscar su esencia y su yo más recóndito). Por cierto que los bajistas deben estar francamente cotizados, porque el mago de los dedos, Dani Levy (grande, grande, grande donde los haya), marcó la base tanto para el Oso como para Fernando Beiztegui, que llenaron después el escenario en una soberbia segunda actuación.

Giggs Nother, por su parte, tuvo que contentarse con la batería del local (muy similar, por cierto a la que tocaba Ringo Star en sus inicios) y sacó petróleo de ella, al igual que hizo luego Cote Calmet (que para quienes no lo sepan gusta de tocar la batería sin zapatos ni calcetines, o dicho de otro modo descalzo).

Buen local, el Góngora Café, con buena acústica para este tipo de música (pero con una lamentable escasez de variedad cervecera), y ambiente de Western. Un público en su mayoría formado por músicos (de ésos que prefieren contemplar cómo tocan los de arriba antes que bailar o moverse), jóvenes sajones (ellas, concretamente, sí bailaban) y hasta seguidores de Blues de los que dan tumbos de festival en festival y con un agrio acento de Kentucky (uno llegó a gritarle al Oso que le había visto tocar en Salobreña recientemente).

El cambio de bandas (y de sonido) vino acompañada de una impresionante sorpresa: Con los Sabandijas y los Hammond Lovers todos juntos y revueltos marcándose todo un clásico de Bo Diddley, con Fernando a la guitarra (y su púa de dedo) y El Oso a la armónica. Fantástico.

Oye, y no fue lo único que cambió. El público también. Parece mentira, pero uno se marcha al servicio un momentito y cuando regresa parece que ha cambiado de día. Menos mal que allí estaban acodados en la barra los de Kentucky (por decir algo, que bien podrían haber sido de Bristol o de Crail) para anclarse mentalmente en un jueves glorioso.

Los Hammond Lovers tiene su sentido. Pequeñito, pero matón, así era el órgano que sonó a Gospel con las manos Alex Serrano acariciando solemne las teclas de su teclado. Un chorro de espiritualidad para amansar la guitarra salvaje (y preciosa, por cierto) de Fernando Beiztegui y su acojonante voz más propia de Chicago que de Güejar Sierra (muy destacable también la voz del Señor Travé, que no todo son dedos en el Blues).

La sorpresa de la noche: Un admirable Mingo Balaguer (¿recuerdan a la sevillana Caledonia Blues Band?) amenizó un temazo de más de seis minutos sin despeinarse.

TEXTO Y FOTOS: J. M. C.

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