Miércoles 20.03.2019
Opinión
Luis Alonso Echagüe
13:32
11/01/17

El tapón del jarabe

El tapón del jarabe

Hace algunos años la OMS (Organización Mundial de la Salud) implantó sistemas de seguridad en la presentación de algunos fármacos para evitar la intoxicación por parte del consumidor ya fuera de manera voluntaria o accidental. Actualmente, en la población pediátrica, más vulnerable a éstas, una de las presentaciones más comunes es el frasco ya que permite una dosificación más precisa de su contenido y ello disminuye el margen de error a la hora de la administración de dicho preparado. 

 Los que contamos con cierta edad hemos vivido la transición del frasco de jarabe antiguo, que se abría igual que hoy abrimos una botella de agua: desenroscando el tapón sin más complicación, al tapón de seguridad para evitar intoxicaciones involuntarias entre la población preferentemente infantil.

Si aún no tuvieron la experiencia de haber desenroscado este dispositivo, lo pueden hacer. El primer encuentro  es, cuánto menos, curioso.  Reproducimos patrones de conductas aprendidos en el pasado e incorporados a nuestra rutina diaria con los que hasta ahora, habíamos conseguido nuestros objetivos. En este caso desenroscar el tapón de seguridad. 

Pero es entonces, al reproducir la misma línea de conducta, cuando nos encontramos con dificultades que pueden llegar a transformarse en problemas ya que no nos va a permitir acercarnos al resultado que perseguimos.

-“Vaya, este tapón no se desenrosca.”

En un primer intento podemos continuar repitiendo una y otra vez la misma estrategia sin plantearnos nada más. Giraremos el tapón con mayor o menor rapidez en un sentido y en otro. Transcurrido un tiempo, igual nuestro discurso interno cambia mirando fijamente al “objeto de deseo”.

-“¿Cómo se abrirá esto?”

Me empezaré incluso a plantearme si estoy preparado para ello. Le daré unos ligeros golpecitos al tapón contra el filo de la mesa.

-“Pero si estos frascos se ha abierto así toda la vida…”

Puedo incluso eludir responsabilidades para tratar de encontrar una salida.

-“¿Estará roto el tapón?”

 O volcar esas responsabilidades en los demás.

-“Seguro que el farmacéutico me ha dado un frasco con el tapón defectuoso.”

Y de nuevo seguiremos girando el tapón sobre su propia rosca reiterando una y otra vez nuestra conducta incluso aumentando la intensidad del diálogo interno/externo sin conseguir cambiar nada.

Si queremos abrir el frasco tendremos que modificar lo que hacemos porque no podemos cambiar la situación si continuamos haciendo lo mismo. Pero claro, ahí aparece el homo sapiens sapiens, el ser racional, el escalón superior de la cadena evolutiva. Pues en esta ocasión, o esa parte de nosotros muere o no podremos cambiar nada.

Pensar es el tapón del jarabe del hombre/mujer modern@. 

Pensar en una posibilidad en la vida pero no debemos convertirla en la razón de vivir. Pensar no es una garantía de felicidad y hacerlo sobre nosotros mismos es lo que convierte un problema de la vida diaria en una patología. Ciertamente es una estrategia que hemos usado durante mucho tiempo, una rutina que tenemos perfectamente incorporada y con la que incluso, en algunas ocasiones, hemos alcanzado objetivos como elegir el modelo de coche que íbamos a comprarnos, escoger si veraneábamos en la playa o en la montaña, concretar si mañana quedábamos con los amig@s  por la noche o por la tarde…

Pero cuando pensar lo transformamos en la única opción, todo se complica y cada vez nos situamos más lejos de poder abrir el frasco del jarabe. 

Solo si nos planteamos que estamos errando en lo que hacemos, podremos cambiar. Si ejercemos una ligera presión hacia abajo y giramos suavemente el tapón, el frasco se abrirá pero claro, para ello tenemos que cuestionarnos, que quitarnos la razón, y eso conlleva aceptar que YO ESTOY EQUIVOCADO y eso, teniendo en cuenta que somos seres inteligentes con capacidad de reflexión y de racionamiento, no es fácil.

La Neurociencia, cuando se refiere al concepto de pensar y sobre todo pensar sobre uno mismo, habla de 2 minutos. Es el tiempo máximo que debemos  emplear en pensar sobre un asunto. Si pasado este intervalo: 1. No hemos conseguido nada; 2. No nos sentimos mejor que cuando empezamos y 3. El horizonte de nuestros objetivos cada vez está más lejano, entonces debemos abandonar la línea de pensamiento en la que nos hemos metido porque en vez de sacarnos del agujero en el que nos caímos, nos enterrará más profundamente. Lo pueden comprobar en cualquier momento. Deténganse a pensar aquel fin de semana que pasaron tremendamente preocupados, reflexivos, rumiativos, buscando explicaciones a todo lo que les rodeaba y llegado el lunes se encontraron en el mismo lugar que el viernes. Eso sí, habían estado de peor humor, tuvieron menos ganas de salir, aparcaron los hobbies del sábado, pero en ningún momento dejaron de pensar.

 A partir de esos 2 minutos es como cuando giramos el tapón de seguridad del jarabe y suena “click”. Si reiteramos una y otra vez la misma conducta, si  eludimos responsabilidades o las proyectamos en los demás, si no nos cuestionamos,…sólo nos quedará una opción: seguir pensando y eso convertirá la vida en una resistencia más que en una posibilidad.

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