Lunes 21.05.2018
Opinión
Luis Alonso Echagüe
00:39
04/08/17

Convivencia vacacional

Convivencia vacacional

Charles Darwin a bordo del HMS Beagle navegó durante 5 años haciendo diferentes escalas en el continente americano, África, Europa, Oceanía y con la poderosa herramienta de la OBSERVACIÓN escribió en el año 1859 el libro El origen de las especies, texto que formó parte importante de lo que hoy conocemos como Teoría de la Selección Natural.

 En uno de sus trabajos, observó como existían unas determinadas especies de flores cuyo pistilo medía 15 centímetros de profundidad, deduciendo que para que se produjera la polinización de esa especie, era necesario que existiera un insecto que tuviera una lengua con esa misma longitud. Fue una larga espera la que le llevó a comprobar que, efectivamente, eso era así. Por tanto concluyó que nada de lo que estaba observando era fruto de la casualidad y las especies que existían en sus hábitats correspondientes eran porque habían logrado sobrevivir debido a su capacidad de adaptarse al entorno.

Cuando viajamos y observamos a nuestro alrededor nos damos cuenta como el clima de una zona determina un tipo de vegetación; esa vegetación es el sustento alimentario de la fauna que allí habita; ésta determinan la dieta de las personas que pueblan dicho lugar, las mismas que cuidaran que el próximo año exista otra cosecha que alimente a los animales que ellos consumen ( con la ayuda climatológica correspondiente ) y así cíclicamente formando una cultura, unas costumbres, una forma de vida.

La forma en la que construimos nuestra vida está sostenida por estructuras que nos generan confort y a pesar de que en ocasiones huimos de las rutinas, éstas nos dan seguridad, muy necesaria para seguir construyendo.

Las rutinas son repertorios de conductas reiterados en secuencias repetidas de tiempo que nos llevan a la obtención de objetivos. A pesar de todo lo que nos aportan, es necesario que en determinados momentos rompamos con ellas y salgamos a conocer otro espacio exterior. Cuando lo hacemos, nuestro cerebro trabaja de otra forma, nos abrimos a la posibilidad de aprender, ésto nos hace saber desenvolvernos mejor a la vez que más inteligentes.

Es lo que sucede en los periodos vacacionales, intentamos apartarnos de todo lo cotidiano que ocupa nuestra vida durante la mayor parte del año, todas las rutinas de las que nos quejamos durante 50 semanas seguidas para disfrutar de unos días en los que debemos generar dinámicas diferentes. Salir a ese espacio exterior donde se rompen las estructuras que nos dan confianza, no es fácil y es ahí donde encontramos dificultades.

En los periodos vacacionales rompemos esquemas temporales, laborales, de responsabilidades, familiares…y cuando creemos que debe de ser el comienzo de un tiempo agradable, esperado, de convivencia placentera, en ocasiones, no lo es y no lo es porque estos esquemas, los mismos que nos dan seguridad, nos vuelven rígidos, rutinarios, inflexibles y vamos perdiendo capacidad de adaptarnos al nuevo entorno.

Darwin asociaba la posibilidad de supervivencia de una especie a su capacidad de adaptación. Perderla nos hace más débiles, más vulnerables, con mayor dificultad para vivir situaciones cotidianas generando otras no deseadas que hacen que modifiquemos nuestras conductas a comportamientos que nos costaría identificar en otro contexto y que asociamos más a la supervivencia y así en el día a día tener más la sensación de estar sobreviviendo que estar viviendo.

El que las estadísticas digan que tras los periodos vacacionales, incluso dentro de ellos, la demanda de terapia de pareja o las de separación matrimonial aumentan es una consecuencia del apego a la rigidez, de no saber romper con lo diario, de no aparcar temporalmente el ordenador, de seguir dedicándole el mismo tiempo al móvil, de la ausencia de comunicación con lo que nos rodea y realmente importa, del autoaislamiento  elegido por falta de recursos y de la búsqueda constante de excusas por no distinguir entre el 'no quiero' y el 'no puedo'.

Darwin investigó en sus viajes sobre especies animales y vegetales. Posteriormente sus trabajos se han podido relacionar con la evolución de los seres humanos llegando a la conclusión de que las especies que sobreviven son aquellas que mejor se adaptan a los cambios del entorno, pasando así su carga genética a la siguiente generación para que permanezca la continuidad de la especie, por ello nos podría tranquilizar que la selección natural hiciera su trabajo y que determinadas cargas genéticas quedaran cortadas y así no pasen a generaciones posteriores. Sería la mejor forma en que la especie humana pueda seguir adaptándose aunque en determinadas ocasiones cuando se produce ese corte, ya es tarde.