• Jueves, 27 de Abril de 2017

En Granada, un 8 de marzo de hace casi cinco siglos fallecía un hombre que había dedicado gran parte de sus días a mejorar la calidad de vida de los enfermos y necesitados. Ese hombre fue la semilla de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, presente hoy en los cinco continentes, a través de 300 obras, 34.000 trabajadores, 6.000 voluntarios, unos 300.000 bienhechores y 1.177 Hermanos.

Hoy, lejos del siglo en el que un hombre solo comenzó esta labor de atención a enfermos y personas sin recursos, quiero felicitar a toda la familia hospitalaria, que es muy grande y, como todas las familias, muy variada.

De la hospitalidad –nuestra razón de ser- participamos los hermanos, pero también lo hacen los profesionales de nuestros centros, los voluntarios y los donantes. Desde nuestra consagración religiosa en hospitalidad, los hermanos queremos ser garantes, a imitación del Jesús misericordioso, de una manera de hacer, como guías del carisma de la hospitalidad. Nuestros profesionales dan lo mejor de ellos mismos cada día desde sus puestos de trabajo: médicos, enfermeros, auxiliares, personal de administración, etc. Los voluntarios ofrecen un bien que hoy es un lujo: su tiempo; y los donantes nos permiten, mediante sus aportaciones, continuar con los programas y proyectos sociales que se impulsan desde nuestra Obra Social.

Por ello, tras de esta labor hay muchos nombres propios, muchas manos dispuestas a trabajar por los demás, con dedicación y compromiso; con decisión y coraje, con la sola intención de hacer un poco mejor la vida de aquellos que necesitan nuestro apoyo, sin pedir nada, sin exigir lo más mínimo.

No hay mayor recompensa que sentirse bien con uno mismo, saber qué hacemos lo que hay que hacer, sin mirar hacia otro lado, sin quedarnos en la lamentación. Este es el motor de la hospitalidad que lleva casi cinco siglos en marcha y que continúa encendido y sumando seguidores de Juan de Dios.