Martes 19.03.2019
Opinión
Guillermo López Lluch
13:07
02/01/19

Veganismo: ¿Nutrición con fundamento o simplemente otra moda más?

Veganismo: ¿Nutrición con fundamento o simplemente otra moda más?

Una de las modas nutricionales de nuestro primer mundo está representada por el auge del veganismo y su versión moral sobre los derechos de los animales que nos comemos. Tal es así que haciendo un chiste hace tiempo un día comenté que pronto tendríamos escraches, algo también de moda cuando a algún grupo no le gusta algo o alguien, en las carnicerías. Pero me quedé corto con el chiste ya que en Argentina ya se han hecho varias de estas protestas contra lo molesto, en este caso una pizzería y una carnicería. Espero que la moda no se extienda mucho, aunque en Francia ya han sufrido varios ataques tanto carnicerías como pescaderías o en el sur de Inglaterra también y no hace mucho. Así que la moda se extiende y me temo lo peor, ya que el veganismo, más que una moda, se está convirtiendo en una cuestión moral. Y como toda moralidad, la necesidad de obligar al resto de las personas a asumir la verdad moral del grupo en posesión de dicha verdad se convierte en imposible de controlar. Por ello se ven en la necesidad de moralizar al resto de la población. Pero, ¿qué dice la ciencia sobre esta moda nutricional?

En primer lugar debemos atender a la historia evolutiva que ha llevado a que el Homo sapienssea el organismo que es actualmente. Hace unos 60.000 años, los hombres actuales abandonaron África curiosamente debido a un cambio climático brusco, aunque, claro, en esa época todavía había territorios sin conquistar y solo tenían que pelearse con nuestros primos, los Neardentales. En aquella época los humanos actuales ya comían carne, ¡y de qué manera! Prácticamente no había organismo grande que no fuera blanco de sus rudimentarias pero efectivas armas. Y si no se lo creen, piensen que el Mamut era parte de la dieta y un Mamut daba para alimentar a muchas personas. Pero, además, los Neardentales también comían carne, y sus primos los Antecessors, también. Tal es así que en la sima de Atapuerca se han encontrado pruebas de canibalismo. No solo comían carne, sino que además, se la comían de aquéllos de su propia especie en ciertas circunstancias. Así que evolutivamente el ser humano ha comido carne desde hace mucho tiempo, mucho tiempo. Por algo será.  

El Dr. Gómez-Pinilla, director del Departamento de Investigación en Neurotróficos (por decirlo sencillo, sustancias que alimentan el cerebro) de la Universidad de California, Los Ángeles, ya resaltó en una publicación hace unos diez años la importancia de las grasas en el desarrollo del cerebro. Por otra parte, en un trabajo del Dr. William R. Leonard, del Department of Anthropology, Northwestern University, Illinois, demostró que la evolución del ser humano se vio favorecida por el cambio nutricional que supuso la ingesta de carne. La ingesta de carne favoreció el desarrollo de cerebros cada vez más grandes. La recolección de frutas y vegetales no permitía obtener la cantidad de energía necesaria para alimentar un cerebro grande. No debemos perder de vista que el cerebro es un glotón. De hecho, en un recién nacido, el cerebro es el órgano que más energía consume (piensen en la proporción que la cabeza de un recién nacido tiene respecto al cuerpo). Por eso, la ingesta de carne permitió a nuestros ancestros disponer de una fuente de energía (por aquello de la grasa de la carne) mucho más eficiente y perfectamente empaquetada que frutas y verduras. Por tanto, la ingesta de carne nos llevó a lo que somos ahora. 

En segundo lugar, debemos atender a las necesidades nutricionales. Hace unos días me hacía eco de una entrevista realizada al Prof. Salvador Zamora, Profesor Emérito del Departamento de Fisiología Animal de la Facultad de Biología de la Universidad de Murcia. La entrevista se realizaba tras una conferencia en un foro científico en el que el Prof. Zamora afirmó, entre otras cosas, que las dietas veganas y paleolíticas no tienen futuro y no pueden defenderse. Su argumento es muy simple y lógico, ya que dichas dietas no tienen ningún fundamento científico. No voy a incidir en la dieta paleolítica de la que posiblemente trate en otro artículo, aunque por lo dicho en los anteriores párrafos ya sabrán ustedes por donde va a ir la historia. Respecto a la dieta vegana, el Dr. Zamora indicó que la nula ingesta de alimentos de origen animal no sólo no es saludable, sino que no se puede seguir. Ningún vegano en el mundo puede seguir una dieta que no contenga componentes animales, ya que es incompatible con la vida humana. Los suplementos que se toman para compensar las carencias de la dieta vegana suplen aquello que suministran los productos de origen animal como ácidos grasos poliinsaturados, aminoácidos ricos en fuentes animales o vitaminas y hierro presentes en los alimentos de origen animal. Sin estos suplementos se padecerían enfermedades importantes como la anemia megaloblástica o la anemia perniciosa. Simple, nuestro cuerpo, animal, necesita de una serie de aportes nutricionales que nuestro intestino, de carnívoro, no nos permite obtener a partir de los vegetales. No se nos olvide que los herbívoros tienen un intestino cuatricameral donde bacterias especializadas permiten obtener nutrientes a partir de la celulosa de las plantas, algo que nosotros no podemos hacer. Por eso no somos herbívoros. 

Teniendo esto en mente ya podemos entender por qué la leche materna humana es rica en grasa (hasta 4,5 gramos por cada 100 ml a los 15 días tras el parto) y rica en ácidos grasos importantes para la formación del sistema nervioso. Además, alrededor del 40-45% son grasas saturadas entre las que encontramos en gran proporción el tan denostado ácido palmítico, que puede llegar a ser del 20% del total. Es decir, nuestra alimentación básica para un crecimiento adecuado desde la niñez se basa en una composición grasa en la leche de características animales. Ya trataré otro día más en detalle el asunto del aceite de palma y su demonización nutricional, pero ahora no es el momento. Por eso es importante que a pesar de que los padres sigan una dieta vegana, los hijos de corta edad no la sigan y se alimenten con alimentos de origen animal tal y como puede decirles cualquier pediatra. Aunque, llevado al extremo, tenemos el reciente caso de unos padres veganos australianos que han sido condenados por alimentar a su hija con una dieta vegana llegando a la malnutrición. Es simple, los vegetales no contienen las suficientes calorías y los nutrientes necesarios para el desarrollo de los niños. Tal es así que en Holanda se da un caso de un chico alimentado de forma vegana que sufre problemas de desarrollo. Y no se trata de una mera cuestión de talla, puede afectar a sus huesos y otros problemas en edad adulta. Una nutrición desequilibrada, ya sea en un sentido o en otro, produce siempre problemas. 

Pero a toda la cuestión nutricional tras la dieta vegana respecto a su salubridad, bondad, efecto sobre el envejecimiento y demás que no se sostiene desde un punto de vista fisiológico hay que sumar la cuestión moral. Entre los veganos también hay una corriente animalista que pretende proteger a los animales de los crueles humanos. Ya he comentado al inicio que esa corriente está llevando a realizar medidas de presión contra comercios y restaurantes no tan lejos de nosotros. Hace unos días me llegó un video sobre la crueldad de los seres humanos sacrificando animales en los mataderos. Obviamente, el golpe de efecto es brutal ya que a nadie le gusta ver cómo matan a animales. Otra cosa es verlos en forma de chuletas, filetes, hamburguesas y salchichas en el mostrador de una carnicería o directamente en el plato. No es lo mismo, claro. 

De pequeño tuve la oportunidad de asistir a una matanza en mi pueblo, no lejos de Córdoba. Muchos humanos asistían a una especie de ritual tras el cual el cerdo ofrecía su vida para alimentar durante muchos días a esos mismos humanos. El sacrificio del animal no era edificante para mi corta edad, pero las morcillas y chorizos estaban de muerte. Hoy día eso no se puede hacer así y el sacrificio se hace en mataderos con métodos rápidos y efectivos. Aun así, eso no es suficiente para los animalistas. Sin embargo, si tenemos en cuenta la relación entre depredador y presa en la naturaleza, los humanos somos los depredadores más sensibles al sufrimiento de la presa. Hace unos días acabé de ver la segunda parte de los documentales de la BBC sobre el planeta tierra (Planet Earth II), documentales que les recomiendo de corazón. Los documentales van tratando las relaciones de la vida animal en los distintos grandes espacios terrestres: océanos, sabanas, desiertos, zonas heladas, incluso ciudades. En todos y cada uno de los episodios se ven diferentes formas de sobrevivir y procrear. La energía necesaria para sobrevivir, defendiéndose del depredador o alcanzando a la presa y para engendrar nuevos individuos de la especie es enorme, pero todos los organismos saben que es imprescindible para que la especie siga adelante. Cuando un depredador va a por una presa, no hay moral, solo necesidad. Y no hay crueldad, solo medios necesarios para conseguir el objetivo; alimentarse. Por eso, la leona subida a los lomos ensangrentados del búfalo a los que se agarra con garras y colmillos no es cruel, sólo intenta que caiga al suelo para que sus compañeras lo comiencen a devorar, aunque aún no haya muerto. El leopardo que atrapa con sus fauces a una cría de cerdo y la separa de sus padres mientras muere chillando, no está siendo malvado, sólo busca al más débil para asegurar el éxito en su caza. Por otro lado, la jirafa que patea inmisericordemente a la leona que la acecha, no está cebándose en la agresión, solo pretende zafarse del ataque, pese a que rompa la columna de su depredador. Y así vamos encontrando incontables ejemplos naturales. 

En la vida natural no hay maltrato animal, solo supervivencia. De entre todos los organismos del planeta, el Homo sapiens es el único que ha establecido reglas para evitar el sufrimiento de sus presas. De hecho, visto lo que ocurre en el mundo natural, las presas del ser humano son las que menos sufren cuando mueren para que el ser humano se alimente de ellas. Además, son las presas que hemos criado para poder comérnoslas. Les hemos aportado la forma de procrear fácilmente, la alimentación desde el inicio, la sanidad para que no enfermen y el lugar donde vivir. Luego, les damos una muerte rápida para que nos suministren alimento. Piensen lo que quieran, pero creo que hemos evolucionado bastante desde que nuestros ancestros alanceaban a las manadas de herbívoros atrapados en cañones o en trampas dispuestas para que no pudiesen defenderse. 

Somos lo que somos, unos primates que evolucionaron gracias a que aprendieron a obtener energía a partir de otros animales. Desarrollamos grandes grupos cuando aprendimos a cultivar las plantas que formaron la base de nuestra alimentación y a criar a los animales de los que obteníamos complementos nutricionales como huevos, leche y también carne. Hemos ido ganando conocimiento sobre los nutrientes que necesitamos y vivimos en la época de la historia del ser humano en la que hay mayor seguridad alimentaria y mejor calidad de nutrientes. Sabemos que el balance de nutrientes es esencial para mantener una buena salud y entre ellos se encuentran los de origen animal. Pese a eso, modas que nos ponen en peligro cargadas de moralinas pueden condicionar la salud de algunas personas. Cada cual puede hacer lo que quiera con su alimentación, pero no condicionen lo que hacen otras personas. Lamentablemente, parece que cuanto más sabemos, más ponemos en duda lo que nos rodea y más problemas encontramos donde ya no los hay. Tal vez sea el sino del ser humano.

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