Lunes 23.07.2018
Opinión
Guillermo López Lluch
07:39
06/11/17

Superbacterias: ¿apocalipsis bacteriano?

Superbacterias: ¿apocalipsis bacteriano?

Prácticamente todas las últimas historias que han dado lugar a películas o series basadas en zombis asocian la aparición de éstos a un virus ya sea de origen natural o, lo más recurrido, con origen en alguna oscura compañía biotecnológica humana. Parece que nos gusta creer que podemos ser capaces de acabar con toda la población humana originando peligros de los que no podemos escapar y que van a diezmarla; y tal vez sea cierto. El abuso en el uso de fármacos, especialmente antibióticos, está creando especies de bacterias resistentes a éstos haciéndonos retroceder hasta principios del siglo pasado, cuando infecciones bacterianas casi olvidadas hoy provocaban muertes. De hecho, la ONU y la Organización Mundial de la Salud ya consideran que dentro de unos años, en 2050, las infecciones debidas a bacterias resistentes a antibióticos será la primera causa de muerte. De hecho ya se han encontrado bacterias resistentes a los antibióticos de última generación en una mujer con una simple infección en orina por E. coli, una de las bacterias más comunes, pero ya resistente al antibiótico más efectivo.

Muchos pensarán que es exagerado pensar en una apocalipsis creada por las bacterias, pero hay que prestarle mucha atención. De hecho, en estos días se está desarrollando una campaña publicitaria en los medios del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad avisando sobre el riesgo del abuso de antibióticos ante la creciente presencia de bacterias resistentes a éstos; a las que conocemos como superbacterias. De hecho, son conocidos los casos de hospitales en los que estas bacterias aparecen y pueden acabar produciendo la muerte de personas con el sistema inmunológico deprimido. Siempre he pensado que los hospitales son centros necesarios para el tratamiento de personas con necesidades clínicas extraordinarias pero lugares en los que se concentran bacterias, virus y otros patógenos que son sometidos a muy diversos tratamientos. Lo que los convierte en un estupendo caldo de cultivo para que aparezcan organismos resistentes a los tratamientos más habituales. Pero ese no es el mayor problema si no el uso descontrolado y masivo de los antibióticos por la población cuando no son necesarios.

Pero el mayor problema parece estar en otro abuso: el uso descontrolado de antibióticos en la ganadería. Al parecer, España es el país de la UE que más antibióticos utiliza en ganadería, unas 3000 toneladas cada año. El 99,9% de estos antibióticos fueron utilizados en ganadería mientras que tan solo un 0,1% se utilizó en el tratamiento de mascotas. Estos valores están muy por encima de los antibióticos utilizados por otros países como Alemania o Francia. Y curiosamente, uno de los antibióticos utilizados es la colistina, el mismo antibiótico frente al que han aparecido cepas de E. coli resistentes como en el caso de la señora con infección de orina anteriormente mencionada.

Otro de los problemas que explica el abuso de los antibióticos es el desconocimiento sobre cómo funcionan y para qué se usan. La facilidad con la que podemos hacer uso de los antibióticos actualmente nos hace creer que forman parte de la práctica clínica desde hace muchos años, aunque no es así. Es cierto que la medicina tradicional ha conocido la capacidad antibacteriana de ciertos cultivos de hongos de diversas familias pero el conocimiento de las sustancias que provocaban esta capacidad es muy reciente. La observación de que los hongos presentes en los quesos azules hacían que éstos no se contaminasen con bacterias hizo que el médico inglés Ser William Roberts, allá por 1874, comprobase que los cultivos del hongo Penicillium glaucum no permitían este crecimiento. Años después, otro médico italiano, Vincenzo Tiberio, publicó que extractos de este hongo impedían el crecimiento de las bacterias. Pero no es hasta 1928, cuando Sir Alexander Fleming identifica la penicilina, cuando se comienza a saber cómo actúan estos compuestos contra las bacterias. Y su mecanismo es simple, los hongos producen sustancias que impiden el funcionamiento de proteínas o enzimas esenciales para la vida de las bacterias y, por ello, las bacterias dejan de crecer y mueren. A su vez, esas sustancias no afectan a los hongos ni a nosotros o a los animales porque nuestras células no tienen esas proteínas o enzimas o no las necesitan para sobrevivir. La penicilina y otros antibióticos eran, por tanto, el mecanismo de defensa de los hongos frente a la infección por bacterias. A partir de ahí se fueron aislando sustancias diferentes y modificando para buscar la mayor efectividad contra éstas. Por ello, los antibióticos solo funcionan contra bacterias, no contra otras enfermedades producidas por otros organismos como los virus o contra procesos alérgicos. Así que no vayan al médico a pedirle antibióticos sin ton ni son, porque no les servirá de nada si no están infectados por bacterias.

Podríamos preguntarnos entonces porqué se han desarrollado bacterias resistentes a los antibióticos en menos de 70 años tras su utilización por primera vez. Y ahí debemos entender contra qué estamos luchando. Se cree que las bacterias son los primeros organismos que comenzaron a vivir en nuestro planeta. A partir de organismos como ellas o muy parecidos a ellas, la vida comenzó su evolución de más de 4000 millones de años hasta llegar a nuestros días. Es decir, estamos luchando contra organismos que nos llevan más de 4000 millones de años de ventaja evolutiva. Organismos que han sobrevivido a condiciones ambientales muy diferentes a las actuales, que han modificado nuestro ambiente hasta producir el oxígeno que actualmente respiramos, que han sido capaces de invadir cualquier lugar del planeta que se nos ocurra, que son capaces de sobrevivir a la aridez del desierto o al frío de la Antártida o a la presión de las fosas abisales de los océanos. Y todo eso lo han conseguido por su gran capacidad de adaptación al medio y de evolución. Son organismos que pueden mutar rápidamente y generar poblaciones con características diferentes frente a cambios en su ambiente. Y ahí entramos nosotros, los hombres. El uso masivo de antibióticos introdujo un nuevo factor evolutivo sobre las bacterias. Lo que antes era una presencia puntual de sustancias nocivas para ellas en ciertos ambientes dominados por hongos se convirtió en una presión evolutiva general al aparecer esas sustancias en casi todos los ambientes. Y ya que las bacterias son capaces de mutar rápidamente y de crecer también con rapidez, la aparición de cepas mutantes resistentes a antibióticos es fácil de entender: crecen aquellas bacterias que hayan mutado y que no responden a la presencia del antibiótico, las que sean resistentes; las superbacterias.

Debemos ser cautos y evitar a toda costa que la evolución siga en ese sentido. Podremos seguir creando nuevas sustancias antibióticas más efectivas, pero su uso indiscriminado seguirá provocando una respuesta evolutiva de supervivencia en las bacterias creando cepas resistentes a los nuevos compuestos. Conocemos cómo funciona el proceso. No lo repitamos. Un uso más controlado de los antibióticos evitará la aparición de estas superbacterias. Además, debemos adelantarnos a ellas y prevenir las enfermedades que provocan. Para ello disponemos de una herramienta muy potente, las vacunas. Obviamente, con el permiso de los grupos antivacunas. Las vacunas nos permitirán activar nuestro sistema inmunológico antes que suframos la infección y así acabar con las bacterias antes de que puedan producir la enfermedad. Sin embargo, no se nos debe olvidar que siempre cabe la posibilidad de sufrir procesos que debiliten nuestro sistema inmunológico y, en ese caso, necesitaremos de sustancias que nos ayuden a acabar con las bacterias. Si seguimos así, no dispondremos de ninguna y la población más débil, niños y ancianos, sufrirán las consecuencias. Si no hacemos nada, estaremos creando un grave problema no para un futuro lejano, sino para dentro de nada. ¿Estaremos aún a tiempo?