jueves 22.10.2020
Opinión

Nadie sabe qué hacer, excepto el virus

Nadie sabe qué hacer, excepto el virus

No creo que haya que explicar mucho que estamos en medio del aumento de casos de Coronavirus. Los medios se afanan con ahínco para mostrarnos el número de nuevos infectados, si han subido o bajado (especialmente en fin de semana), si hay más personas en peligro de muerte en las UCIs y si en tal o cual lugar se ha ordenado el confinamiento o no. Y esto vuelve a ser un problema que afecta a muchos países europeos, aunque no nos hayamos enterado. Eso quiere decir, ni más ni menos, que estamos en la segunda ola y no creo que estemos en la cresta, algo que se esperaba un poquito más tarde, pero que ha llegado antes a nuestras vidas. Hay que ver lo puñetero que es este virus.

En medio de todo el ruido político y mediático en el que nos han y nos hemos metido, el virus sigue ahí, haciendo lo que su biología le manda, sin que importen nada las medidas que se tomen para proteger tal o cual cosa que no tenga que ver con él. El virus sólo aprovecha las oportunidades que le damos para proliferar y poco más. Así son las cosas, sin acritud, solo biología de los virus. 

En medio de todo el ruido sobre lo que hay y no hay que hacer se ha colado una discusión absurda a mi entender sobre el papel de los aerosoles o las gotículas. Para mí, una simple cuestión de tamaño, ya que donde nadie tiene dudas es que estar mucho rato con alguien contagiado, sin mascarilla, hablando tranquilamente a escasamente medio metro, ya sea en una barra de bar, en su terraza o en un banco del parque, es ponerte en alto peligro de contagio. Que te alcancen las gotículas o los aerosoles poco importa, te vas a infectar de todos modos. 

Aunque una persona aún no lo sepa, por estar en fase asintomática, el virus está creando una enorme cantidad de nuevos virus en su garganta, en su nariz, en su faringe o en su laringe. Todavía no tiene síntomas y por eso no le importa mucho bajarse la mascarilla para fumarse un cigarrito con el amigo al que habla a menos de un metro de distancia. Tampoco le importa sentarse en una mesa con unos cuantos colegas y dar unas cuantas risotadas o hablar muy alto diseminando bolitas de saliva o gotitas de Flügge y aerosoles llenos de nuevos virus que no tardarán en unirse a las proteínas ACE2 de las células del epitelio respiratorio de sus colegas. Unos cuantos colegas de unas 8 o 10 casas diferentes se llevarán consigo esos virus que comienzan a proliferar en sus gargantas y no tardarán en diseminar su progenie entre las respectivas familias. 

Mientras, nuestro sujeto inicial ha comenzado a tener un poquito de fiebre, no mucha. El virus ha entrado ya en su cuerpo y ha comenzado a activar al sistema inmunológico que comienza a liberar mecanismos de señalización que activan a los linfocitos B (que producirán anticuerpos), a los linfocitos T (que matarán a las células infectadas por virus) y que producen efectos como la fiebre y procesos inflamatorios. Nuestro paciente 0 ha tenido la mala suerte de pasar de ser asintomático a tener síntomas y ahí comienza a tomar importancia el equilibrio entre la actividad de su sistema inmunológico y la capacidad reproductiva del virus.

Mientras, sus colegas siguen con su vida, desayunando con la familia, yendo al trabajo y tomándose unos cafés con los compañeros o fumándose unos cigarrillos en los momentos libres y sin mascarilla. No saben que están contagiados y por eso no toman más precauciones. Pero el virus sale con sus gotitas de Flügge y sus aerosoles que son inspirados por sus colegas sin darse cuenta. No están a más de un metro entre ellos, ya que están hablando entre colegas; no pasa nada. Todo controlado, el virus sigue su camino. 

Muchos de los colegas no han tenido síntomas, el virus no pasó de su faringe y no pudo seguir reproduciéndose más allá de los tejidos de la garganta o la nariz y desapareció de sus cuerpos. Sus linfocitos T, activados en antiguas infecciones por Coronavirus humanos, pudieron mantener la infección a raya, porque algunos trocitos de proteína del SARS-CoV-2 se parecen a las de los coronavirus humanos y tenían linfocitos T ya preparados para detectarlas. Sufrieron la Covid de forma asintomática o, como mucho, con una pequeña molestia de garganta un par de días, nada más.

Otros no tuvieron tanta suerte. Nuestro paciente 0 no lo está pasando demasiado bien. El virus entró en su torrente sanguíneo y su sistema inmunológico respondió de una manera muy virulenta. Se desencadenó una respuesta inflamatoria masiva provocada por una liberación excesiva de una serie de proteínas que provocan esta inflamación: La tormenta de citoquinas.

Sus pulmones comenzaron a llenarse de agua y de células que respondieron a la llamada de estas proteínas y ahora el oxígeno del aire y el COde la sangre tienen que atravesar un tejido más grueso y más lleno de agua que antes. A nuestro paciente le cuesta respirar, ha desarrollado una neumonía. Igual les está pasando a algunos de los familiares de sus colegas que han comenzado a tener fiebre y problemas respiratorios. Nuestro paciente 0 acaba en una cama de un hospital. 

En el centro hospitalario se afanan por hacer lo que pueden: Le ponen oxígeno para ayudar a que entre más en la sangre y se una a la hemoglobina de sus glóbulos rojos, pero el problema es físico, la inflamación no deja que el oxígeno pase fácilmente a la sangre en los pulmones y que el COde su sangre abandone su cuerpo.

Le ponen antiinflamatorios para bajar la inflamación que ya comienza a ser un problema en riñones, hígado y sistema cardiovascular, le ponen antivirales que están diseñados para otros virus, pero que podrían ayudar en éste, le ponen antibióticos para evitar que las bacterias que tenemos en el cuerpo encuentren una oportunidad para atacar su cuerpo y agravar aún más su situación.

Mientras, algunos de los amigos ya han pasado la infección a algunos de sus familiares más pequeños que, siendo asintomáticos llevan el virus al cole en el que se portan muy bien, pero cuando salen hablan o gritan a sus amigos pasando el virus a otras gargantas. Al igual que su abuelo, los mayores de algunos de sus colegas casi no pueden respirar, ya que su evolución ha sido muy rápida y su cuerpo no da para mucho más. Sus sistemas inmunológicos no pueden con el virus y a los sanitarios no les queda mucho más que hacer en unas UCIs cada vez más saturadas.

A esa misma UCI llega nuestro paciente 0. Los medicamentos no han conseguido parar la inflamación, simplemente la han ralentizado un poco, pero ha seguido empeorando la actividad de los riñones y el hígado, por lo que la sangre se ha ido llenando de metabolitos que no deberían estar ahí. La tensión arterial se ha descontrolado y el virus ha llegado a las células de las arterias del corazón provocando otros problemas que causan coagulaciones en la sangre que pueden provocar infartos de miocardio o cerebrales, ictus o isquemias o tromboflebitis.

Los médicos de la UCI trabajan a contrarreloj usando anticoagulantes para evitar mayores problemas. La inflamación parece que comienza a controlarse, pero no lo tienen claro. La familia se ha dividido entre el hospital y el tanatorio donde el abuelo espera la incineración. 

Pasadas unas horas críticas los sanitarios de la UCI han conseguido controlar la inflamación, el respirador ha insuflado oxígeno a presión en sus pulmones y su cuerpo, que es aún joven, ha podido aguantar la falta de oxígeno. El riñón comienza a filtrar adecuadamente y el hígado elimina toxinas mientras se repone. Los anticoagulantes han conseguido evitar una embolia y la tormenta de citoquinas remite.

El pulmón tardará algo más en reponerse, parte del tejido dañado comienza a repararse, pero sufrirá una fibrosis que puede que le acompañe de por vida. La familia lo celebra, la abuela también se está reponiendo, aunque se ha quedado viuda, pero aún no lo sabe. Lo ha pasado muy mal, su cuerpo ha sufrido mucho y no tardará en acompañar a su marido. Los colegas están bien, algunos han perdido a algún familiar y algún amigo, pero los que asistieron a esa reunión de amigos están todos bien. La vida sigue, aunque nuestro paciente 0 puede que pronto sufra alguna secuela que le afecte a su capacidad neuronal o a su corazón, sin contar con un ligero problema respiratorio que le acompañará toda su vida. 

Todo esto que les he contado parece exagerado, pero no lo es. Este virus sólo necesita un despiste para contagiar a decenas de personas en una fiesta, en una reunión de amigos, en un botellón, en cualquier ocasión en la que se nos olvide cómo pasa de unos a otros.

Por eso me preocupa leer y oír a tanto comentarista político o de cualquier otro tipo sin responsabilidad (yo los llamo irresponsables) hablar tan a la ligera de lo que se debe o no se debe hacer. De cómo hay que controlar y cómo no hay que hacerlo sin atender a las consecuencias de lo que dicen. Total, ellos nunca van a ocupar un puesto en el que tengan que decidir nada.

Por eso me preocupa que ante un repunte de infecciones estemos presenciando una pelea política donde parece que lo más importante es demostrar que la culpa es del otro que el asumir las propias responsabilidades como haber fortalecido los sistemas públicos de atención primaria, los rastreadores y los test para detectar infectados asintomáticos. 

Y en todo este circo político-mediático, los científicos seguimos diciendo lo mismo y es muy básico: Lleven mascarillas, eviten aglomeraciones y reduzcan sus contactos, eviten lugares cerrados donde no se lleve mascarilla, mantengan la distancia social y tomen medidas higiénicas.

Así (y sólo así) evitaremos lo que el virus hace y le impediremos seguir contagiando a más gente. La vacuna llegará, ya veremos si funciona bien, pero llegará y volveremos a una vida normal, o más normal que la anterior. Y, por favor, simplemente por favor, no me sean cochinos, no tiren las mascarillas al suelo. Eso es una guarrada. 

#Estodependedenosotros, aunque parece que no nos entra.

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