Lunes 16.07.2018
Opinión
Guillermo López Lluch
11:51
07/10/17

El movimiento antivacunas es peligroso para todos

El movimiento antivacunas es peligroso para todos

El pertenecer a un país con un sistema sanitario que aplica los procedimientos terapéuticos más avanzados tanto curativos como preventivos sería un motivo para sentirse tranquilo. Pero parece que no, no es así. El tener a mano una considerable variedad de fármacos para prácticamente cualquier dolencia, el poder acceder a los tratamientos más avanzados contra enfermedades contra el cáncer, o el poder disponer de una serie de vacunas que previenen el sufrir enfermedades potencialmente mortales no parece ser suficiente. Y no parece ser suficiente porque hay toda una marea que aprovecha las redes sociales para denostar y confundir a los pacientes de cualquier dolencia vendiendo humo en forma de tratamientos inútiles o potencialmente dañinos o lanzando falsedades como en las que se basan los movimientos antivacunas. Voy a intentar demostrar que todo lo que dicen es falso, no tiene ningún fundamento científico y demuestra una ignorancia total sobre el funcionamiento de nuestro propio cuerpo.

¿Por qué las vacunas previenen las enfermedades para las que están diseñadas? Nuestro cuerpo dispone de dos sistemas diferentes de células especializadas en defendernos de organismos patógenos. Un sistema es rápido pero impreciso y poco eficiente y el otro sistema es más lento al principio pero se fortalece, se vuelve más eficiente y más preciso. Las vacunas activan al segundo sistema, que conocemos como inmunidad adquirida, y lo fortalecen sin que tengamos que enfrentarnos al patógeno y sufrir la enfermedad que produce. Este sistema es muy específico por lo que solo actúa contra aquellos patógenos que ha reconocido y no contra aquellos contra los que no se ha enfrentado. Por eso hay vacunas contra cada tipo de patógeno, para fortalecer el sistema y que cuando de verdaderamente nuestro cuerpo se encuentre con el patógeno vivo, esté preparado. Además, el otro sistema, el inmediato, conocido como sistema inmunológico innato, mejora enormemente cuando el adquirido se fortalece por lo que se vuelve mucho más efectivo para eliminar a los patógenos.

¿Nos perjudican los componentes que contienen las vacunas? No. Los movimientos antivacunas basan su campaña en que las vacunas contienen componentes que producen enfermedad como sales metálicas o sustancias que preocuparían a cualquier persona como células fetales humanas, ADN humano, ADN animal, formol, etc…, todo ello es falso, pero asusta. También basan el miedo en que los componentes de las vacunas no se conocen. Tampoco conocemos todos los componentes que contiene un potaje que nos comemos en un restaurante, pero no le ponemos ningún problema.

Su argumento demuestra la total ignorancia de estos movimientos sobre cómo es la biología del sistema inmunológico. Las células de este sistema que aprende se llaman linfocitos. Dentro de estos linfocitos hay un grupo llamados linfocitos T ayudantes cuya función es la de controlar todas las otras células del sistema inmunológico. Para que los linfocitos se activen necesitan dos señales. La primera, encontrarse con el patógeno y reconocerlo y la segunda, recibir una señal que indique que aquello que ha reconocido es perjudicial para nuestro cuerpo. Por ello, en las vacunas se suelen combinar dos tipos de sustancias. La primera, el patógeno muerto o partes del patógeno para el que se ha diseñado la vacuna y la segunda lo que conocemos como adyuvantes. Los adyuvantes son una serie de sustancias de diferente naturaleza que mantienen la vacuna estable y que van a permitir que se produzca la segunda señal que activa a los linfocitos T ayudantes. Los adyuvantes lo que hacen es activar a otras células, los macrófagos, que, a su vez, se comen al patógeno, lo enseñan a los linfocitos T ayudantes y, además, les dicen que eso que están enseñando no pertenece a nuestro cuerpo y que puede ser perjudicial. Por eso son necesarias esas sustancias que forman parte de los adyuvantes, para dar la señal de alarma.

Es cierto que algunas vacunas contienen sales de aluminio en pequeña cantidad. Se usa porque desde hace mucho tiempo se conoce que estas sales producen la señal de alarma de una manera muy efectiva y no son perjudiciales para la salud. Total, el desodorante más utilizado por la población está basado en sales de aluminio y nadie se enferma.

Y ¿por qué es esto así? Porque nuestros linfocitos también podrían reconocer a nuestras células como patógenos y, si se activaran, acabarían atacándolas y produciendo una enfermedad autoinmune. De hecho, este es el mecanismo por el que se producen enfermedades como el Lupus o la Esclerosis Múltiple. Pero, en la mayoría de los casos, los trozos de nuestras células que presentan los macrófagos no son reconocidos ni activan a ningún linfocito T ayudante porque no existe la señal de alarma. De esa forma, el sistema se asegura de actuar solo contra lo que es extraño y no nos ataca.

Pero entonces, ¿los adyuvantes pueden enferman a los niños? Falso, solo actúan produciendo la señal de alarma que activa a los linfocitos de manera más efectiva y producen una respuesta inmunológica más completa contra el patógeno que contiene la vacuna. Como cualquier compuesto que se utiliza en farmacia, su seguridad ha sido comprobada, su efectividad ha sido contrastada y no provocan ninguna enfermedad asociada con su presencia en la vacuna.

¿Enferman los niños vacunados más que los niños no vacunados? Esa es una de las afirmaciones más absurdas que podemos encontrar en el movimiento antivacunas. No existe ningún estudio en el que se basen, simplemente es una afirmación gratuita y totalmente farsa. Hay mensajes tan simples como decir que no se ha vacunado a los niños y al año o dos años no han tenido problemas, tienen un sistema inmunológico fuerte y solo han tenido mocos y tos. Por otro lado, lo que viene a ser normal en todos los críos. Una población pequeña de niños no vacunados está protegida por que la vacunación en los otros niños evita la diseminación de enfermedades altamente contagiosas y peligrosas como el sarampión, la rubeola, la poliomielitis, la tosferina o la meningitis, pero el peligro aumenta cuando la población de niños no vacunados también aumenta. El que un niño no vacunado no tenga una de estas enfermedades al año o dos años no quiere decir que no esté expuesto a tenerla más adelante mientras que los niños vacunados no las sufrirán. De hecho, a lo largo de la historia reciente, en países donde se han producido moratorias en el suministro de vacunas o en poblaciones donde los padres no vacunan a sus hijos, las enfermedades para las que estaban diseñadas han vuelto porque los organismos patógenos que las causan siguen estando ahí. Así de sencillo.

¿Producen las vacunas autismo?  Este es uno de los mantras repetidos hasta la saciedad por los antivacunas. Esta afirmación proviene de un artículo publicado en una revista médica de prestigio, The Lancet, en 1998 y firmado por el Dr. Andrew Wakefield y algunos colegas. No importa que después este artículo fuese retirado por demostrarse que los datos fueron tratados de una manera algo torticera, no importa que otros artículos hayan demostrado la falsedad de esta relación estudiando poblaciones de miles de niños vacunados y no vacunados, no importa que el autismo haya existido mucho antes de que las vacunas se convirtiesen en un tratamiento generalizado allá por las décadas de los 50-60. Todo eso no importa, con el primer artículo ya tienen la evidencia científica y las redes ayudan a diseminar el terror a que nuestros críos sufran de autismo.

¿Son las vacunas una vía para acabar con la población humana? Ese es uno de los argumentos que más me divierten. Gurús de los movimientos antivacunas como la monja Teresa Forcades, afirman sin ruborizarse que las vacunas, como la de la gripe A, son un intento para acabar con la mitad de la población humana. Nada más que unos 3500 millones de personas. Para desmontar esta afirmación podemos tener en cuenta dos opciones: 1) O bien la Organización Mundial de la Salud, las empresas farmacéuticas y los gobiernos que están detrás de esta confabulación mundial son unos ineptos ya que no consiguen su macabro objetivo y la población humana sigue creciendo pese a vacunarse o 2) este argumento es una auténtica falacia. Elijan ustedes mismos.

Entonces, ¿son las vacunas seguras? Sí, lo son. Igual que cualquier otro fármaco. No se pueden descartar efectos secundarios en algunas personas que, por alguna razón, muestran sensibilidad especial a sus componentes. Pero esto ocurre con cualquier fármaco, nutriente o producto que tomemos. Solamente debemos pensar que año tras año se vacunan decenas de miles de niños y adultos en nuestro país y millones en el resto del mundo y la incidencia de efectos secundarios es extremadamente baja. A esto debemos sumar que enfermedades tan terribles como la poliomielitis, la rubeola o el sarampión prácticamente han desaparecido en los países que cumplen con un calendario de vacunación adecuado.

Pese a todo ello, el movimiento antivacunas parece crecer. Se vale de las redes sociales, del miedo de los padres (especialmente primerizos) y de la ignorancia de la población. Crean miedo con falsas informaciones y evidencias sin apoyo científico alguno y provocan muchas dudas aprovechando una especie de corriente que desconfía de casi todo lo que huele a “oficial” o “corporativo”. Incluso, a veces, son personas con una supuesta cultura científica como médicos o terapeutas los que diseminan el mensaje antivacunas. Pero no se engañen, su actitud nos pone en peligro a todos, especialmente a aquellas personas con un sistema inmunológico más débil como niños pequeños o ancianos. ¿Creen ustedes que exagero? Echen un vistazo a las noticias sobre brotes de sarampión en Italia o en Rumanía hace unos meses con varios casos de muerte. Yo padecí el sarampión cuando era pequeño y no lo recuerdo con mucho agrado, ¿estarían dispuestos a que sus hijos también lo sufrieran, o las paperas, o la tosferina, o la poliomielitis a pesar de saber que tienen el tratamiento a mano y, en la mayoría de los casos, gratis?