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"Es una pena que en España todos conozcan a la Selección de fútbol pero no a su Ballet Nacional"

Rosa Jiménez | 09 de Marzo de 2019

Antonio Correderas, bailarín del Ballet Nacional
Antonio Correderas, bailarín del Ballet Nacional

Desde pequeño supo que lo suyo era el baile. Nunca tuvo duda. Con tan sólo siete años ya apuntaba maneras en la academia de María 'La Chata', donde su madre lo apuntó por petición propia. Después le llegaría el turno al Conservatorio de Danza de la capital, de donde guarda un excelente recuerdo de sus profesoras. Antonio Correderas sabía que había nacido para bailar, para llegar lejos, y su meta, nada más y nada menos, estaba puesta en el Ballet Nacional. 

A este cordobés, criado en el Barrio de Carlos III, no le tembló la voz cuando con dieciséis años le dijo a sus padres que se quería ir a Madrid. Allí comenzó bailando en la compañía de Aída Gómez, donde fue apodado 'El Niño', por su corta edad, para después ir madurando profesionalmente de la mano de José Antonio, de la Compañía de Ballet Clásico de Tamara Rojo, del nuevo Ballet Español, y de otros grandes de la profesión, como Rubén Olmo y Rafael Amargo.

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Ahora, con 34 años, regresa a Córdoba con el Ballet Nacional a interpretar sobre las tablas del Gran Teatro a Agamenón, en la tragedia griega de 'Electra'. Después de actuar en medio mundo y de pisar escenarios de China, Japón, Europa o Estados Unidos, vuelve a casa para demostrar que si se persigue un sueño con fuerza y sacrificio, al final se acaba cumpliendo. 

¿Cómo fue su comienzo en el mundo de la danza?

En realidad no te puedo decir un momento exacto, porque yo desde pequeño ya tenía esa inquietud. Me gustaba ver a la gente bailar en los programas de televisión. Con cuatro años y poco yo sabía que quería bailar y mi madre me apunto a la academia de María 'La Chata'.

No le apuntó a una academia cualquiera….

¡Vaya, vaya! Me apuntó a una de las mejores que había en Córdoba y de la que salió muy buena cantera. Empecé con ella, bailando sevillanas, Flamenco… y con unos siete años hice las pruebas de acceso al Conservatorio de Danza de Córdoba. Ahí tanto mis padres como yo nos dimos cuenta de que esto era un mundo muy sacrificado, porque es una actividad que si la tomas como un hobbie o un 'calentón' se te pasa rápido, porque desde las 4 hasta la 9 de la noche, un niño tan pequeño que además por la mañana tenía sus clases en el colegio, pues es algo bastante duro. Terminé mis estudios allí, tengo muy buenos recuerdos y guardo un cariño especial a las profesoras, Estrella Muñiz, Inmaculada Aguilar, Inmaculada Calvo o Carmen del Río, aunque no quiero dejar a ninguna atrás. Y con dieciséis años llegó la época en la que quise dar un paso más y salir de Córdoba. Siempre me he considerado un niño muy 'adelantadillo' a mi época.

¿Y con dieciséis años se marcha sólo a Madrid ?

Sí, y no me arrepiento de haberme ido tan joven. Con esa edad hice las pruebas de acceso para el Conservatorio de Madrid, para poder acabar los cursos de quinto y sexto en Madrid. Y ya tener la oportunidad de estar allí. Desde pequeño ya tenía la inquietud de ir a ver al Ballet Nacional, y recuerdo que una vez mis padres me llevaron a Sevilla a ver una representación, y por aquel entonces, el Ballet Nacional estaba a cargo de Aída Gómez. Precisamente con ella fue la primera persona con la que yo trabajé en Madrid. 

Al llevar nueve días en Madrid me dio un bajón  y me volví a Córdoba. Mi madre al verme con las maletas, con todo el dolor de su corazón, me mando de vuelta a Madrid

Menuda casualidad ¿No? Y qué responsabilidad que el primer trabajo sea con una persona de la talla y renombre de Aída Gómez. 

Yo eso de pequeño lo veía inalcanzable. Imagínate, que si tan niño todo te impresiona, ella más todavía. Llegue a Madrid, hice mis pruebas de acceso, aunque no terminé en el momento la carrera, la he acabado después, porque en ese momento yo tenía claro que lo que quería era bailar y si encima me encuentro con la oportunidad de bailar con Aída Gómez... Y así fue donde empezó mi mundo más profesional, donde vi la realidad de lo que era el mundo real.

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¿Qué cambio hay para un niño que se va a la capital de España y que deja un hogar, unos padres y una vida en su Córdoba natal? Debió de ser duro.

Yo me fui muy 'gallito' y di mucho la lata, porque en realidad era muy joven y había tiempo por delante para hacer las cosas de una forma mas tranquila, pero tenía las cosas claras y la corazonada, quería irme. En ese momento, la línea de trabajo que yo quería llevar no la había en Córdoba, desgraciadamente. Aquí no hay compañías con sede, al menos en danza española, sí puedes encontrar algo de Flamenco, y acabar bailando en algún tablao, pero no era lo que yo quería. Pero a los nueve días de estar en Madrid me pasó una cosa. Madrid se me vino encima. Cogí la maleta y me volví, y cuando llegué a mi casa, mi madre me puso las pilas y en vez de aprovechar ese momento de debilidad para volver a tenerme en casa, me dijo que lo que había hecho era de cobardes y con todo el dolor de su corazón me obligó a volverme a Madrid. En ese momento no valoré lo que estaba haciendo. Y es algo que siempre se me quedó ahí. 

Y ahora vuelve al Gran Teatro de Córdoba como bailarín del Ballet Nacional. ¡Qué mejor manera de agradecer ese esfuerzo que su familia realizó en esos primeros años!

Ya ves. Es que venir con un Ballet que representa a un país, que hasta ahora estaba más desconocido, pero gracias a la dirección de Antonio Najarro se está dando más a conocer, pues es algo muy grande.

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¿Y qué recuerdos tiene de esos comienzos en Madrid?

Cuando me uní a la compañía de Aída Gómez tenía solo 16 años, era el más pequeñito. Me llamaban 'El Niño'. Recuerdo que me mimaban y me cuidaban muchísimo. Y al final cuando más experiencia vas teniendo a lo largo de la vida vas valorando la gente que ve más allá. Hay que tener técnica, ser disciplinado, tener la cabeza en su sitio, porque esto es una profesión de muchos altibajos, que un día estás arriba y al día siguiente estás abajo. Siempre estás a prueba. Un día te hacen un contrato y cuando se acaba ese contrato mañana tienes que volver a hacer otra prueba. Al final, con los años te acostumbras a vivir de esa manera, lo vas llevando mejor, pero siempre está esa cosa de tener que superarte a ti mismo y al resto, que cada año salen nuevas generaciones de bailarines buenísimos.

Trabajar en el Ballet Nacional es ser funcionario, aunque temporalmente,  porque la vida profesional de un bailarín es más corta que la del resto 

Y en ese caso, la edad ¿es un handicap? ¿Cómo beneficia o perjudica tener cierta edad para pisar un escenario? ¿Tienen más ventaja los chicos jóvenes? 

Bajo mi experiencia se nota la edad. Te explico por qué. Cuando eres joven se tienen muchas ganas, energías frescas, todo es muy virgen y eso yo lo echo mucho de menos. Me pongo un poco nostálgico recordando todo eso, porque con esa edad yo no me enteraba de nada. Yo bailaba, yo disfrutaba y me daba igual ocho que ochenta; todo. Pero después es diferente, porque ya te das cuenta de todo, y me doy cuenta que me llegan oportunidades como la que tengo ahora con 'Electra', y tengo la posibilidad de interpretar a Agamenón, un personaje bastante importante, y pienso que con mi edad, tengo 34, empiezo a saber y a ver lo importante y lo difícil que es meterte dentro de esto y saber valorarlo. Antes, con dieciséis o diecisiete no lo hubiera hecho. Con esa edad, Aída Gómez me dio la oportunidad de estar en la obra 'Salomé', de hacer de San Juan Bautista, un papel principal, y en el que bailaba a solas con ella. Me temblaban hasta los dientes.

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¿Y esa sensación de nerviosismo se quita con el paso de los años?

En el caso de Aída Gómez, ella a mí siempre me impresionaba mucho. Y yo pensaba: Estoy bailando solo con esta mujer y hace nada estaba en el Conservatorio de Córdoba… Todos los días me preguntaba si de verdad esto me estaba pasando. Yo ahora pienso, si ahora me dieran otra vez el papel de San Juan Bautista y tuviera la oportunidad de tenerla a ella en frente, me comía todo eso. Lo disfrutaría todo más, sería más responsable con el papel. En aquel entonces estaba más preocupado de la técnica, de no caerme, y por ejemplo ahora me doy cuenta de que con la edad por los compañeros que tienes cerca, unos más jóvenes y otros más mayores, pues percibes todo eso. Que con la edad te pesan más los años, no estás tan elástico, pero tienes otras cosas que para mí son oro, que al final son lo que más llena y lo que de verdad te importa. No bailas por bailar. Hay etapas para todo.

Lleva algo más de un año interpretando el papel de Agamenón en 'Electra'. ¿Cómo ha evolucionado su papel en este tiempo?

Mi preocupación principalmente era sobre el perfil del personaje. Es una obra muy viva y no hay pasos muy marcados. En todas las coreografías Antonio Ruz nos enseñó que  los pasos se sacaban a raíz de una sensación. Pues al haber trabajado el personaje así, luego sobre el escenario me he sentido mas seguro. Este tipo de trabajos, durante las ocasiones que los hemos representado siempre intento hacerlo lo mejor, y sobre todo de disfrutarlo. También influye mucho el feeling que tengas con los compañeros. En mi caso, con Inmaculada Salomón, que es la primera bailarina, y hace de Electra, el feeling es brutal y siempre salen cosas nuevas entre ella y yo. Y bueno también influye mucho el lugar en el actúes, y aquí en Córdoba sí que es un poco más especial, porque me remueve un poco todo. 

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Como cordobés, ¿Cómo es reencontrarse con su público?

Es muy especial. Tampoco lo pienso mucho, porque me emociono. Es un día en el que me acuerdo de mucha gente que ya no está y que me decían 'verás el día que actúes en Córdoba en el Gran Teatro y vayamos a verte', y me hubiera encantado que ellos hubieran estado, pero bueno, toda la gente que va a estar son los que son. Yo estoy muy feliz, y espero no ponerme nervioso y disfrutarlo mucho. Y es mi manera de que mis padres disfruten de esa recompensa, por todo el esfuerzo que hicieron para que yo pudiera cumplir mi sueño. También vendrán mis profesoras del Conservatorio de Córdoba, y es algo que me hace muchísima ilusión: Que ellas vean mi trabajo y que se sientan orgullosas de una de sus 'semillitas'.

De su promoción del Conservatorio, ¿cuantos compañeros están viviendo del baile y han tenido éxito con su carrera?

La palabra éxito depende de cada uno. Si estás haciendo lo que te gusta ya tienes el éxito asegurado. Quizá para algún compañero que empezó conmigo la carrera el hecho de que yo esté bailando en el Ballet Nacional pues a él no le llena, y a lo mejor él es feliz bailando en un tablao. Conozco de muchos compañeros que están bailando, pero cada uno ha tirado por una rama distinta. 

¿Cómo fue su llegada al Ballet Nacional?

Para entrar hay que pasar unas audiciones muy duras.

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Serían por llamarlo de algún modo, las oposiciones de la danza ¿No?

Si, sí, algo parecido. Primeramente tienes que ir al Ministerio (de Cultura) a recoger tu solicitud, y cada equis años se convocan algunas plazas, siempre dos o tres. 

Puede decir entonces que es un bailarín funcionario.

Temporalmente, porque van cambiando. La vida de un bailarín es más corta que la de cualquier otra profesión, pero digamos que hoy por hoy a mí me tiene contratado el Ministerio de Cultura y somos los que representamos al país. Tenemos la Selección Española de fútbol o la de baloncesto, que todo el mundo conoce, y esto pues parece que ahora se está dando más a conocer y Najarro le ha dado un empuje grandísimo y la gente sabe que está pagando un Ballet Nacional que es suyo, que estamos trabajando, que nos dejamos el pellejo en cada actuación y que le representa. Uno cuando viaja fuera de España se da mucha cuenta de lo que mueve. 

Siempre pasa igual, seguimos sin ser profetas en nuestra tierra. Viene el Ballet Ruso y eso es un acontecimiento y, sin embargo, no valoramos que tenemos una 'Selección' de danza increíble... 

O el Circo del Sol. La verdad que son super producciones y a todos nos encantan. Pero tienes aquí un Ballet, que lo estás pagando tú con tus impuestos, y no sabes ni que existe.

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Y entonces, ¿cómo se entra en el Ballet?

Siempre van saliendo plazas, por ejemplo, dos para chico y una para chica, nunca salen todas a la vez. Así que yo me presenté, pasé una primera prueba. El bailarín de danza española tiene que ser un todo terreno, porque el de Flamenco baila Flamenco, el de clásico baila clásico, y nosotros tenemos que dominar danza española, que es zapato con castañuela, danza bolera, que es zapatilla con castañuela, ballet clásico, Flamenco y folklore, que son los bailes típicos de las regiones de España. Lo mismo te piden que bailes una jota que unas sevillanas.

Tenemos  un Ballet que lo estamos pagando con nuestros impuestos y no sabemos ni que existe

¿Entonces a estas 'oposiciones' tienes que ir preparado en todos los bailes? ¿No saben en ningún momento qué es lo que les van a pedir que bailen en las audiciones?

Claro. Hay que ser un todoterreno. Te pueden pedir una coreografía de Antonio Canales, porque resulta que él esté allí, o de Antonio Ruz, que es un bailarín contemporáneo. Aunque en la primera audición, lo primero que te hacen es una prueba de ballet clásico. Ahí ya está la primera criba hecha. Hay gente a la que no llegan a ver con el zapato y las castañuelas. Porque si de primeras no te ven un mínimo de nivel en colocación corporal y técnica no pasas a la siguiente fase. La segunda prueba ya te exigen los zapatos, las castañuelas, variaciones de técnica, algo de Flamenco, y cuando ya pasas todo eso, publican una lista con toda la gente que pasa a la final. Y en esa final se hacen algunas piezas del repertorio del Ballet Nacional para ellos ver en ti las cosas que se trabajan allí. Por supuesto, a los bailarines que ya le han echado el ojo, están más pendientes de ellos. Es muy difícil. Puedes tener muchas condiciones, mucho empeine, mucho tal… Pero es que en ese momento en el que pasas de dos en dos tienes que transmitirle al jurado otras sensaciones más allá de la técnica.

Antonio Correderas, bailarín del Ballet Nacional

Te juegas en tan sólo un un minuto lo que son años de trabajo. 

Totalmente. Además el saber que estas examinándote para entrar en el Ballet de España, con gente de todo el país allí, cada uno con un número puesto en el pecho, y sólo hay dos plazas… Es una presión que no se puede describir. 

¿Cómo fue el momento en el que se enteró que estaba dentro?

Yo acabé la final, me fui contento y me fui a casa de una amiga mía de Sevilla, que también vive en Madrid. Porque no quería saber nada. No quería darle más vueltas. Así que estando allí, en la sede del Ballet Nacional colgaron la lista con los nombres de las personas que habían sido seleccionadas. Recuerdo que me llamó un compañero y me dijo '¿te has enterado ya, no?', Y yo le dije, '¿de qué?' Y me contestó, 'Pues que has entrado en el Ballet Nacional'.

En ese momento se acordó seguro de cuando su madre lo mandó de vuelta a Madrid con las maletas.

Imagínate. Aparte de que para mí era lo que siempre soñé de pequeño, igual que para otros era Eva 'La Yerbabuena', el entrar en el Ballet era mi meta. 

Y ya van tres años.

Primero estuve siete. Me fui porque necesitaba un tiempo de desconexión y descanso y volví. Y ahora llevo tres años.

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Y otra vez a pasar las pruebas de acceso…

Otra vez volví a pasarlas. Ahora es mi tercer año de la segunda etapa.

¿Cómo es un día a día de un bailarín profesional?

Nos levántanos y desayunamos muy bien, nos espera un día largo y duro por delante. Nada más llegar a la sede, sobre las 10.00 de la mañana, comenzamos con una clase de hora y media de ballet clásico, te vas encontrando y vas entrando en calor. Esa clase se hace todos los días. Los 365 días del año. Cuando termina la clase y dependiendo de la producción que se está llevando, o bien 'Electra' o la producción que se montó con motivo del 40 aniversario del Ballet Nacional, vamos a la tablilla en la que se especifica las personas que tienen que ensayar y en qué sala. Paramos para comer a las 14.00 horas y en veinte minutos seguimos hasta las 16.15 horas. Así todos los días. 

Después uno llega a casa y ¿desconecta?

Sí. Después de estar bailando seis horas seguidas aún te queda cuerpo para algo, por la tarde yo intento preparar algo por mi cuenta, ir al gimnasio, hacer algún cursillo fuera. Esto viene bien, porque te sirve para coger oxígeno y cambiar un poco de aires.

¿Qué planes tiene a medio largo plazo? ¿Le gustaría seguir viviendo del baile? ¿Tiene pensando montar alguna compañía? 

Bueno algo tengo en mente, pero no montar una compañía, porque últimamente se están montando como churros. Yo tengo mis inquietudes, ideas, tengo gente que me quiere ayudar y surgen cosas que sí que voy a aprovechar y puede ser que venga por Córdoba más de lo que vengo. Así que puede ser que me veáis por aquí solo, con algún proyecto humilde, pero ya sabemos cómo son los comienzos (risas) Estoy con muchas ganas de hacer cosas. De momento tengo mi trabajo, mi plaza, pero intento no dormirme en los laureles.

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¿Qué consejo le daría a los chicos que con cinco o seis años deciden ahora apuntarse al Conservatorio?

Pues consejos no me gusta dar. Pero en algunas clases que he tenido la oportunidad de dar, y en las que por cierto me he sentido hasta mayor, siempre les digo que esta profesión es vocacional y que si no es lo tuyo puede ser que al final la situación pueda contigo. Si de verdad es una cosa que te gusta y quieres ir a por todas, siempre animo a que sean personales a que siempre tengan mucha inquietud de aprender de todo el mundo, que nunca se crean ser más que nadie. Hay que ser humilde, pero tampoco ser menos que nadie. Hay un hilito muy finito entre venirte abajo y venirte arriba. Así que a echarle coraje y a apostar por lo que te gusta. 

Siendo realistas ¿se puede vivir de esta profesión o hay que compaginarla con otro trabajo para llegar a fin de mes?

A ver. Fácil la cosa no está. Pero ¿en que sector sí? Yo estoy harto de hablar con amigas mías que estudian Magisterio de Infantil y no tienen trabajo… Tampoco quiero dar la impresión de que mi mundo está peor que otra cosa. Es verdad que es un mundo muy complicado en el que todo es muy relativo. Te puedo gustar a ti y a otro no. Es todo muy cambiante. Nosotros es verdad que tenemos nuestro sueldo, nuestras condiciones y te dan una tranquilidad y estabilidad que no es la misma que el que tiene que coger tres bolos aquí, dos allí, dar una clase particular… pero al final se sale. Yo he estado en los dos lados, dentro y fuera del Ballet. El hecho de estar fuera y llamar a las puertas de una compañía, de otra, estar de oyente simplemente, eso te hace vivir experiencias y también conocer gente y por supuesto valorar las oportunidades que te da la vida cuando de verdad las tienes.

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