Miércoles 01.04.2020
CULTURA

El Gran Teatro se derrite con Auserón y la Orquesta

Dijo Auserón que era un privilegio y un honor estar con la Orquesta de Córdoba en el Festival de la Guitarra, y realmente lo fue. Tanto para él como para la propia Orquesta Sinfónica cordobesa, que dejó pequeño el escenario del Gran Teatro, como las gradas también fueron insuficientes para albergar el enorme interés del público por disfrutar de esa extraña (y excitante) combinación entre una voz que transporta a tres décadas de vida apasionada por la música de corte 'negro' y la completísima musicalización a cargo de una agrupación musical todavía demasiado desconocida en su propia ciudad, por lo que también para el espectador fue un lujo estar presente en una velada realmente mágica. Incluso en los momentos previos a entrar al concierto, gracias a la actuación de Curro Rumbao a modo de bienvenida a la entrada del edificio.

Porque, gracias a Dios, el resultado del experimento tampoco fue perfecto, y los presentes pudieron ver evolucionar en riguroso directo la relación de pareja entre Auserón y la Orquesta, que tuvo sus momentos. Altos, muy altos, cuando la conjunción se hermanaba de forma natural, y complicados cuando costaba ir caminando a la par, porque la Sinfónica cordobesa es poderosa en sonido y el que fuera cabeza visible de Radio Futura algo de su energía vocal (que no física ni mental) ha perdido y su micro al principio no estuvo a la altura del espectáculo.

Se pudo ver, por ejemplo, en el complicado arranque del programa con Río Negro, un tema que pilló aún fríos a ambas partes y les obligó a ir tanteándose el uno al otro para ver sus respectivos pies sincronizarse en el paso. Lo consiguieron por completo con Pies de barro, que sonó sencillamente redondo, pero volvió a enredarse un tanto en la muy difícil Duerme Zagal, a pesar de la excelente entrada y remate del tema a cargo de la arpista Maite García, y el Mirlo del Pruno.

Y de repente todo cambió con El forastero. La voz de Auserón se equiparó a su acompañamiento; se alzaron por encima de las tablas del escenario y bailaron al unísono dejándose llevar en La misteriosa. Estaba el cantante gusto en Córdoba, ciudad a la que no dejó de piropear en todos los sentidos y de la que le gustó en especial que las estatuas estuvieran dedicadas a poetas, humanistas y artistas en lugar de a políticos o militares, o guardara en su seno (concretamente en la capilla de San Bartolomé en la Mezquita) cordobeses insignes como Góngora, y se recreó consigo mismo en el tema El carro. Auserón puro y duro. Jugando con la voz, recordando que sigue siendo el que fue, demostrando ese timbre característico que trató de imitar con más o menos éxito toda una generación de españolitos despertándose a la vida. Hasta en un par de ocasiones recordó también Auserón a Cosmopoética, a cuyos organizadores dedicó en exclusiva el poema musicado de Edgar Allan Poe Annabel Lee.

Todo ello acompasado por el director Ricardo Casero, que supo hacer suya la Orquesta y agradeció a cada intérprete que se lo merecía su arte y su saber estar en escena y que demostró ser un auténtico showman capaz de disfrutar (ya hacer disfrutar) como nadie ante el público, y con la presencia del guitarrista Joan Vinyals en su omnipresente discreción de maestro que llenaba el fondo de todas las composiciones, pero que permitió dejar ver destellos de su oportuna genialidad en la introducción de Obstinado en mi error, un Blues orquestado que sonó a puro oro y con el que el escenario se transformó en una fiesta, o previamente en No más lágrimas.

Se alcanzó el delirio entre público y artistas con La negra flor y El canto del gallo, con el que cerró una prolongada actuación de más de dos horas y que contó con la presencia de la arreglista musical "directamente llegada desde Los Angeles", como dijo Auserón, Amparo Edo Biol, correctamente alzada al escenario para recibir también su ovación, permitiendo escuchar el estreno del difícil tema El desterrado, dedicado a todos los que se han tenido que marchar de su tierra por la razón que fuera, justo antes de aconsejar a los cordobeses que mimaran a su Orquesta. Un tesoro todavía por descubrir, pero con la voluntariedad de hacerlo.

El Gran Teatro se derrite con Auserón y la Orquesta